Competencia o Pretemporada

24 ene

Carlos Medeiro es preparador físico. Trabajó en la AFA con los juveniles hasta hace unos años y tuvo el agrado de entrenar a Messi, cuando el crack estaba asomando. Entre sus colegas su labor es reconocida y su trayectoria aún más.
He hablado con el un par de veces sobre fútbol y recuerdo una charla sobre la preparación física en el fútbol argentino. Una de las preguntas que siempre me taladró el cerebro es porque si el fútbol se juega en una superficie X (o sea, pasto), las pretemporadas se hacen en una superficie Y (o sea, arena). Las cargas, los esfuerzos, los movimientos, todo, es diferente. Recuerdo que me dijo que era, en su opinion,  un error hacer eso, aunque era muy difícil de cambiar porque al argentino le cuesta hacer modificaciones tan radicales y además romper con esa especia de “legado cultural” o de “toda la vida” era aún más dificiles.
Así todo, surgió el tema de las pretemporadas. Si sirven, para que se hacen, porqué se hacen. Entonces, acá está; para aquellos que quieran entender un poco más el tema y porque no, el fútbol. (más…)

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And the Oscár goes to…

17 oct

A veces la internete deja cosas interesantes, no todo el grupo (?). Pero para ir directo al grano, paso a responder y recomendar un par de cosas. Gracias a invisiblemente.blogspot.com.ar, mejor dicho a Polanesa que me acercó dicho cuestionario y me alcanzó el premio para que yo se lo alcance a otros… A ver que sale:

El premio se llama Liebster Award, lo otorga The Villacresporker y estas son las consignas:

A) Nombrar y agradecer el premio a la persona o blog que te lo concedió.
B) Responder a las 11 preguntas que te hayan formulado.
C) Conceder el premio a 11 blogs y proponerles 11 preguntas para responder.
D) Visitar los blogs que han sido premiados junto con el tuyo.

 

1. ¿Alguna vez tuviste un sueño premonitorio? Contame más.
Más que sueño, dicen que como escorpiano uno tiene cierto sentido de “pre visión” o algo así. Lo cierto es que sin soñar, quizá imagino o pienso que algo puede pasar, y a veces pasa. La última fue en una pizzería en Banfield. Entré y al mirar lo que la puerta abierta de la cocina permitía me dije “no me gusta esto”. Pero bue, no daba hacer una escena un viernes a la noche. Así que nos sentamos, pedí una pizza con rúcula y tomate cherry y cuando iba a morder de tercera porción, en el centro del tomatito que estaba justo en el centro de la pizza, había una reluciente y jovial cucaracha, tratando patas pa’ arriba, de salir de su prisión ficticia. En fin, no comí más y me fui. ¡Ah! me olvidaba: el lugar se llama La Chavela, queda sobre la avendia Alsina.

2. ¿Qué te llevó a escribir o dibujar o a hacer esas cosas que solés hacer en tu blog?
La necesidad de expiar broncas y dejar de romper cosas. También las ganas de sacar lo que uno tiene adentro, en una de esas a alguno le sirve, ¿no?

3. ¿Con qué escritor, dibujante, prócer, astrofísico, personaje célebre en general te sentís más identificado? (Una vez me preguntaron esto en una entrevista de trabajo, todavía estoy pensando una respuesta adecuada)
Eh… Bue… Admiro a San Martin, Belgrano… pero hoy estoy no estamos en épocas de revoluciones, aunque así lo parezca. Fernando Peña.

4. ¿Tuviste la necesidad de borrar alguna entrada de tu blog? De ser así, ¿por qué?
¡Sí! Releer lo que se escribió, a veces, puede ser contraproducente. Sobre todo si la verborragia salió por estar caliente o por escribir sin ganas.

5. ¿Una buena pizzería por tu barrio?
El Rubí. El mozo, el pizzero y el cajero viven en la película de Woody Allen Medianoche en París.

6. ¿Qué te incentiva hoy a seguir actualizando tu blog, y qué te desmotiva?
Me incetiva las ganas de seguir expresando lo que pienso, de vomitar lo que nadie te escucha. Me desmotiva la poca repercución, que tenga muchos días sin ganas de escribir o que no logre hacerlo más grande. Y no lo digo por ser masivo, sino por no poder hacer del blog un sitio de referencia, que en mis pequeños deseos de trascender, me gustaría que tenga.

7. Sin repetir y sin googlear, países que empiecen con O.
Omán

8. Honestamente, ¿cuánto tiempo de tu vida le dedicás a esto? Ya sea escribiendo, leyendo, pensando en lo que vas a subir, visitando otros blogs, revisando estadísticas, censurando comentarios, etc.
Todos los días. Estoy muy empachado últimamente, necesito verde y montaña.

9. Estás hace hora y media en la cola de un banco para pagar unos impuestos que no te pertenecen, cuando de repente entran diez ladrones enmascarados y armados a saquear todo el asunto. Increíblemente y como si vivieras en una película de Hollywood, llegan 35 patrulleros a intentar resolver la situación. Como tenés una suerte del orto, los ladrones te toman de rehén a vos y dejan que el resto de la gente se vaya a continuar con sus alegres y despreocupadas vidas. Entonces se sacan las máscaras y, para tu sorpresa, se trata de diez extraterrestres que te proponen llevarte a su planeta por fuera de este universo para hacer unos experimentos con vos, a cambio de dejarte con vida. Como no sos ningún boludo, aceptás, pero les pedís por favor que te dejen llevar un par de libros y algunos discos para hacer más llevadero el tema. Los tipos se ponen algo nerviosos y después de algunos sustos, deciden concedértelá pero a medias: tenés que elegir o música o libros. ¿Qué elegís?
Libros. Y arriesgo el porqué; la música la cantas igual; en cambio el libro te hace cantar, imaginar e inventar.

10. ¿Cuál considerás que fue el mayor logro de tu vida?
Irme a vivir a El Calafate. Por ese logro tengo tres logros que valen más que mi vida.

11. Y esta es clave: empanadas de carne, ¿con o sin aceitunas?
Sin. Cortadas a cuchillo y fritas.

Pido un poco más de tiempo para completar la segunda parte.

Saludos y gracias.

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Independiente es literatura

3 oct

Aquella tarde de sábado soleada y templada de junio,  que se presagiaba dramática e irreversible para los designios de Independiente en su irrefutable camino al descenso, casi consumado una semana atrás, cuando en Núñez la taba se inclinaba inexorablemente para marcar, casi de manera infame, el futuro de los rojos, yo elegí comenzar la jornada leyendo cuentos. Y cuando digo cuentos me refiero exclusivamente a relatos de fútbol. Para ser más preciso, leía solo aquellos que se referían a Independiente o a alguna gloria del otrora ejemplar club de Avellaneda.

Había comenzado el día bien temprano. Los nervios y la cabeza que no paraban de rememorar hechos pasados, buscar cambios futuros, ilusionarse con milagros y con utopías. Así no pude más que obligarme a encontrar algo que me despejara de esa incómoda situación. Ni el hecho de jugar con mis hijos me desconectaba. Y aparte, naturalmente mis ánimos estaban un poco trastocados y llegar a rozar un atisbo de descarga hacia la humanidad de dos chiquillos de 2 y 4 cuatro años por el motivo que fuere, dejaba de ser inmaduro, para convertirse en algo incoherente hasta pelotudo. Entonces, la lectura. Me acordé de que también están los libros. Que entre tantas finalidades una es justamente llevar al lector a un paseo inesperado. Elegir ese pasatiempo para esperar la hora señalada me pareció lo más sensato que podía esperar de mí para ese momento.
Era temprano pero ya tenía varias cosas claras, además la elección literaria, sabía, también que almorzar no podía. La comida o cualquier bocado se estancaba en mi esófago por horas y se olvidaba de su recorrido hacia el estómago para convertirse en un nudo, un bola, un dolor que se estacionaba en mi cuerpo y duraba lo que el partido tardaba en consumarse, y más también. Por lógica, la mejor manera de evitar ese inconveniente era cagarse de hambre y solo ingerir líquidos. También sabía que las cábalas no me servirían de nada -una nueva por cada derrota o empate, había saturado mi capacidad de resignación ante cada fallido intento por darle a ese Independiente algo que no tenía y que creía, que con mis artilugios mágicos y esotéricos podía brindarle-.
Con lo cual me dispuse a superar ese trance de la manera más natural posible. Lo que mi cabeza o la poca fuerza que le quedaba a mi corazón de hincha luego de bancarse tantas decepciones, dispusieran. Sin embargo, aún satisfecho por la honrosa manera de atravesar  el litigio, agarré un libro como cuando un niño duda en aceptar ese caramelo que le ofrece el almacenero cuando acompaña a la madre a hacer las compras. Y lo tomé, así como quien no quiere la cosa, como quien lo agarra para hacer que hace algo, sin motivo alguno o finalidad clara, a pesar de que creía tenerla. (más…)

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El potrero de cemento

1 oct

No crecimos en un barrio de calles de tierra. Eran de cemento. No de asfalto, ese asfalto pedorro que usan hoy. Cemento, concreto, pavimento. Que con el sol del verano parece una losa radiante de lo que quema y donde usábamos las uniones de brea para limpiarnos las suelas cuando pisábamos mierda o bosta de caballo. Duro duro el concreto. Pero cómo picaba la pelota y cómo raspaban las rodillas. Todavía hoy me quedan secuelas de tantas cascaritas arrancadas a la fuerza, porque me divertía la crosta que se formaba y yo la sacaba aún con algún pedazo de piel que todavía no había cicatrizado.
Y así aprendimos a jugar, en la calle. Un placer mayúsculo. Eran tardes que sumaban demasiadas aventuras para nuestras mentes ávidas de emociones y dispuestas al gozo eterno. La calle tiene sus bemoles, así como los pozos en la tierra o el polvo de la misma interfieren, a veces a favor, otras en contra en el desarrollo de un partido de fútbol; en el cemento, los cordones, los autos y los postes de luz hacen lo propio.
Había ciertos artilugios, al cordón de la vereda uno podía usarlo de compañero para que sirva una pared y así eludir un rival sin más que simple toque; el poste era más bien un aditamento defensivo. Esas varas rústicas y altas merecen una mención detallada: si el defensor de turno tenía la suficiente habilidad podía dirigir a su rival hacia donde la esfinge de madera se erigía, esta podía ayudar a la tarea defensiva tanto estorbando la carrera del atacante, o bien, como defensor extra puesto que no solo ocupaba un importante reducto, sino que su terminación, astillosa por donde se lo mire, resultaba por demás amenazante ante un posible choque. Me detengo un rato más en el poste de luz, si la cancha tenía, como la nuestra, tres en fila, un incipiente y peligroso contraataque rival, servía para darle la pauta a la horda atacante que sí el juego era llevado justo por ese sector, sería mejor rematar pronto o atenerse a las consecuencias – un combo patada más pared de madera, podían ser muy dañinos-. Ha sucedido en varias oportunidades que algunos de nosotros, en nuestra rusticidad defensiva, empujemos lícitamente, siempre lícitamente,  al contrario haciéndolo colisionar de manera no muy agradable contra el poste, cuando no era pared lo que tenían a su lado. Pero eran las menos ha decir verdad.
Después estaban los autos, otro elemento favorable para quién sabía utilizarlo con mesura. Para los defensores su utilidad radicaba en que su infame y antipática aparición en las proximidades del rectángulo de juego hacían detener el match y por consiguiente permitir al equipo que llevaba la desventaja, tanto numérica como posicional, acomodarse y esperar la reanudación con otro equilibrio y más gente. El auto es un tema muy particular, que requirió un tratamiento especial en varias reuniones, debido a que sucedía, frecuentemente, que este bólido de cuatro ruedas –¡sin mencionar a los malignos y desagradables camiones y colectivos, que contaban con entre seis y dieciocho ruedas!- estalle, reviente, pinche, destroce o simplemente pise nuestro esférico para así obligarnos a abandonar el partido hasta tanto no se juntara la plata necesaria para la compra de otro balón, acción que según la hora podía posponer el partido hasta el otro día o  en ocasiones hasta ¡la semana siguiente! Toda una injusticia. La aparición del auto y su constante accionar, perjudicando nuestro inocente juego, dirimió, luego de una serie de episodios desafortunados, como aquella cuando el conductor de auto se bajó a insultarnos porque uno de nosotros lo mando a la concha de su madre luego de que destrozara la pelota, en la compra de dos balones y en la decisión que la casa más cercana a la cancha sería la que albergue la bola suplente.
Como decía antes, no solo los defensores usaban la detención esporádica del juego para su beneficio. Hubo delanteros quienes ante lo sucedido se acomodaban el balón para su pierna más hábil si este no estaba bien puesto, otros que relojeaban al arquero y a las piedras que hacían de poste para ver donde patear. Los hubo quienes llamaban por lo bajo a algún compañero para elucubrar alguna pared o distracción. Generalmente, ahí, cuando el riesgo lo suponía un delantero, era cuando el arquero o todo el equipo rival clamaba por justicia, por un poco de decencia y entonces las negociaciones subían de tono. En definitiva, un quilombo, pero de los lindos.
La calle es un mundo en sí, y una escuela también. Muchos de nosotros hemos aprendido a jugar y mejorar nuestras habilidades luego de practicar en la vía pública. Claro que hay que tener algo adentro, la calle no es una maestra siruela que se te va a poner día a día a enseñarte algo que no tenes. La calle te acompaña, de potencia, te hace de sostén. Te curte y te lastima, pero te deja huellas eternas que forjan el hombre que todos queremos ser. Lo cierto es que jugar a la pelota en la calle suponía la acción el día más importante para nuestra temprana infancia. Diría más, hasta también ha sido escuela en otras artes, como la de andar en bicicleta o jugar a la escondida. Claro, que esas actividades estaban reservadas para cuando se aparecían las chicas del barrio y uno cambiaba la cara de pendejo futbolero por la de un joven apuesto y desesperado, o para cuando éramos pocos y jugar a la mortadela ya era aburrido.
Otro requisito, casi impuesto tácitamente era la conformación de los equipos. Sí o sí, debía ser bajo pisada o el mal llamado pan y queso. ¡Donde se vio que para jugar a la pelota uno tenga que sortear un sanguche! En fin. Se pisaba y si no se hacía era porque la totalidad de los jugadores presenten coincidían en que los dos mejores jueguen separados y sean ellos quienes elijan a sus laderos. Lo loco era como se determinaba quienes eran los mejores, porque siempre uno sobresale, pero el segundo. Al contrario de lo que dictan los eruditos del profesionalismo, al segundo, en la calle, sí se lo recuerda. Y en mi barrio eran varios los que pugnábamos por esa condecoración. A veces se turnaba el privilegio, un día era uno, otro día otro. Lo cierto era que para mantener ese puesto, el elegido, no sólo tenía que jugar muuuy bien, sino también, ganar. De esta manera podría utilizar la opción “revancha” al siguiente encuentro ante una eventual amenaza de perder su lugar.
En mi barrio teníamos todo eso, y más. Nuestra cancha era única. No como la de los vecinos, esa que estaba a tres cuadras de la nuestra que estaba llena de casas, millones de canastos de basura, autos estacionados en la vereda. Carajo, que mierda era jugar ahí. Al menos ganabamos bastante seguido, entonces la calentura duraba lo que un pedo de mosca. En cambio nuestra cancha. ¡Eso era un estadio! Dos fábricas, una en cada vereda. Ambas ocupaban la cuadra entera. Cuatro portones, uno con una especie de zaguán enorme que nos salvada ante fuertes tormentas. Apenas tres árboles y ocho postes de luz, cuatro de ellos ubicados en cada esquina y apenas una casa, encima de uno de nosotros. Con lo cual, nuestra cancha era la mejor, la más grande y la más envidiada de toda la zona. Así usufructuamos ese espacio por el término de catorce años. Después, nos hicimos adultos y solamente después de eso, fue cuando un camión municipal vino una tarde y clavó como cinco postes más.

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La hinchada

17 jun

rojoHay varios enfoques para explicar el porqué del descenso de Independiente. El más pertinente es el futbolístico, porque es el que puede llevarse a debate, a analizar en profundidad y a buscarle el origen a esta debacle. Sin embargo, prefiero hacerlo desde el lado pasional. Desde el costado emocional, porque ahí tengo una verdad y solo una. La mía. No porque sea autoritario o demagogo, sino porque es pasión. Y la pasión, es como el ser humano, las hay parecidas, nunca iguales. Por eso prefiero escribir desde las emociones que se generaron en mí, mientras iba viendo como descendía Independiente.
Cuando la resignación es tan abrumadora que te saca del foco futbolístico para meterte en la piel de la camiseta y sentir que es no poder, ya no importa el resultado, ni el porqué, tampoco si no tuviste suerte, si las milochocientas cábalas no te funcionaron, si el árbitro no ayudo y si los rivales “ahora juegan bien”. Sólo importa la manera. Y no me refiero a la manera en que el equipo pierda o enfrente su lado más oscuro. Hablo de la forma en que el hincha recibe ese mazazo, como se para frente a ese momento y de que manera lo enfrenta. Cuando las miles de almas que el sábado estuvieron en la cancha, entendieron que el final era inevitable –a pesar de que muchos ya lo tenían asumido mucho tiempo antes- y entendieron que lo que había que hacer era gritar cuán fuerte y potente pueda la garganta y juntar todo el aire posible que los pulmones pudieran aguantar para sostener ese grito en el tiempo, lo que hicieron fue elevar la categoría de un club (de fútbol) que hacía años la había perdido. Perdido entre otras cosas, porque en los últimos 24 torneos, ganó, peleó en dos y en los restantes terminó de mitad de tabla para abajo. Ese aliento, logró que se estremezcan y regocijen de emoción y orgullo esos hombres (esas ánimas), que décadas atrás hicieron de un grande un gigante. Que desde una tele, una radio o un monitor miles de personas empaticen (y no solamente simpaticen) con lo que es ser de Independiente. Ese aliento, esas ganas de no querer irse del estadio para vitorear esos colores, para enaltecer esa camiseta puso en la órbita de lo extraordinario lo que la pasión y el amor por algo ilógico pueden lograr.
La hinchada de Independiente, que nada tiene que ver con la nefasta y mercenaria barra brava, le recordó al fútbol argentino que hay cosas con las cuales no se puede luchar. Y hablo de esa pasión. La misma que seguramente tiene cualquier hincha genuino de cualquier club de fútbol del país, pero que pocos logran demostrarla desde el lugar que les corresponde y debe. Porque ningún hincha legítimo de Independiente puede vanagloriarse o alzar su voz repicando que el sábado no rompió nada ni generó disturbios. El hincha, el que vive fútbol, conoce que esa actitud lo iguala con la barra brava, con el pelutodo, el forro y el hijo de puta que solo va a la cancha para cagarle la vida al otro. No alienta. Lástima. Por eso, los que alentaron son los que entienden que esto es un juego. Que por más que duela, por más que no quieras que tu hijo llore de dolor, por más que quieras darle un beso padre al que tenes al lado y decirle que no moquee más, todo, todo, sucede por algo.

Lo que le pasó a Independiente sirvió para mostrarle a los que hoy los dirigen, los que mañana vendrán, estos que tuvieron los huevos de ponerse la camiseta, esos que ni un gramo de dignidad poseen y abandonaron a sus compañeros en pleno naufragio y aquellos que van a llegar, sepan, comprendan y entiendan, que Independiente no es ese club grande, que ganó siete libertadores y catorce títulos. No es un club que sale con la etiqueta de orgullo nacional. Tampoco el tiene una hinchada amargada o un equipo que, a pesar de nunca usar una casaca rosa, lo llaman así. Independiente no es esas tres últimas temporadas donde no pudo sacar ni siquiera en alguna de ellas 50 míseros puntos, ni esa dirigencia que pagó y paga para que periodistas lacayos salgan a defender lo indefendible. Menos es esta dirigencia que desde la ineptitud futbolística apresuró un poco más este final. No son estos jugadores que por más que “hayan puesto todo”, durante 38 fechas no pudieron contra rivales de categorías similares y hasta inferiores. Tampoco los que se fueron y mandan mensajitos por Twitter para simpatizar con el hincha.
Independiente es otra cosa. Es el viejo club modelo, ese que tenía dirigentes que pedían disculpas con lágrimas en los ojos si no podían pagar una mensualidad. Es ese equipo que se hizo hombre en plena adversidad y que desde su fundación priorizaba la ética y dignidad deportiva por sobre un resultado. Una institución que eligió una manera, un como, para lograr un fin y no solamente alcanzar objetivos porque sí. Independiente es esa estirpe que se transfiere invisiblemente entre padre a hijo, abuelo a nieto, amigo a amigo, hincha a hincha y que cuando tiene que decir de que cuadro es, pronuncia con fuerza y aplomo, con hidalguía y orgullo cada sílaba; IN-DE-PEN-DIEN-TE. Eso era Independiente y algo todavía es. Por eso, cuando pasa lo que pasó, solo queda quitar el sarro existente y volver a fundarse sobre la misma gloria en que se supo vivir.

Los títulos, las copas, los clásicos ganados son cotillón. Aderezan una historia que los precede. Independiente existe a pesar una conquista. Las conquistas por sí solas, no son nada. Potencian, sí, la estirpe ganadora. No la engendran. Las formas, las ideas, la mística, el honor y la dignidad, son el puente hacia el premio final. Pero no confundir; para llegar a la cima, se necesita de cimientos fuertes que te sostengan.

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Aldana atrás

30 abr

Como la cosa a mi mamá le daba miedo, por ese tema de los robos y afanos, de que te matan por dos pesos y que había mucha inseguridad, las reglas me fueron establecidas taxativamente: nada de salir a jugar a la calle; se puede salir siempre y cuando estén todos tus amigos y sea después de la hora de siesta, porque la gente duerme, ¿entendes? Si mamá respondía con cara de puchero, y pensaba en voz baja porque me rompía las bolas con la siesta si ella nunca se acuesta. Además me había advertido que a la primera queja o principio de riña con vecinos o amigos: me iba para adentro. Claro que mi mamá no era tan dictatorial o al menos, conocía que para nuestras limitaciones existía un escape. Y ese escape, era el jardín del fondo de mi casa. A pesar de haber renegado los primeros instantes de jugar a la pelota en un patio de 40 baldosas por 40 baldosas -así lo recordaba mi hermano siempre que mi madre se quejaba por alguna alegría rota o el potus en el piso-, al tiempo le encontramos la vuelta y todo se solucionó cuando en mi cumpleaños el regalo fue un arco de plástico tamaño futbol 5.
Así fue que las tardes se pasaban en ese fondo, frecuentemente acompañado de algún amigo (siempre dije que las máximas impuestas a nosotros también lo fueron para mis compañeros. Nada mejor para una madre tenue que una madre con ideas claras en el marote), con muchos partidos y sus posteriores meriendas, memorables, por cierto. Sin embargo hubo un momento en donde nuestras tardes comenzaron a complicarse. El fondo de mi casa daba al lateral de la casa de atrás que tenía un parque enorme y pegado a la medianera un galpón de chapa. En esa casa vivía un matrimonio con sus dos hijos, los cuales nunca supimos si eran grandes, chicos, mujeres o varones. Una tarde de sábado, Tiago y yo, contra mi hermano y Juani estábamos jugando el bueno luego de un partido con una victoria por lado. El match era a 10 goles, estábamos igualados en 8 y en un momento Tiago le pegó muy fuerte a la pelota, tanto que ésta rebotó en una maceta, pegó contra el foco de luz -sin lamparita, por supuesto, rota antes- y cayó en la casa vecina. El que las hizo las paga, es la regla, y entonces Tiago tuvo que ir a buscar el balón. Desde las dos de la tarde hasta las seis, no solo suma cuatro horas de juego, sino que también resta mucha paciencia en aquellos individuos proclives a la furia. Fue así que la conjunción de ciertos factores hizo del papá de la susodicha casa un Panzer desquiciado sin control, un ser virulento y por demás dañino. Desde nuestra posición escuchamos el timbre, el portazo, los gritos y lo peor; el estallido. (más…)

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Apostillas de una victoria efímera

28 abr

Independiente ganó después de largas fechas de no merecer, penar y, obviamente, hacer las cosas mal para no ganar. Brevemente, a horas del primer triunfo de Brindisi como DT del rojo, hete aquí algunas conclusiones para destacar:

-         Después de jugársela con “jugadores de experiencia” en su debut frente a Rafaela, Brindisi cambió por “los que mejores estaban”. Mantuvo a Farías en el once, y puso varios juveniles que ya venían jugando. Terminado el partido –sin importar el resultado- lo contundente y valedero para un equipo, y ante todo, su técnico es; que al fútbol –y sobre todo peleando el descenso- no se juega con la experiencia, se juega con jugadores de fútbol. Y en esta definición, se sitúa, a priori, cualquier jugador que este físicamente apto para el juego y con condiciones futbolísticas a la altura de las circunstancias.

-         Brindisi, armó el equipo con cuatro centrales, dos cincos, dos diez y dos puntas. Colocó a Fernandez de volante izquierdo, y Miranda y Montenegro sueltos. Arriba, solo, a Farías. En el primer tiempo jugó muy mal, no generó ni una chance de gol y no supo como atacar tampoco. En el segundo siguió igual –es mentira que el cambio posicional de Morel influyó en el juego-, con Miranda flotando si saber donde pararse, Montenegro muy lejos del área y sólo se insinuaba algo con el ingreso de Caicedo y la voluntad de Fernández. Los goles cambiaron el partido, y si mereció más fue por empuje que por juego.

-         Al respecto de los de los delanteros, un párrafo aparte merece Ernesto Farías: desde que empezó esta segunda rueda, demuestra que no quiere jugar para Independiente. Lleva errados todos los mano a mano que tuvo, que fueron varios y hoy estuvo 5 veces fuera de juego en 45 minutos. Una barbaridad y algo inconcebible en un delantero profesional. Una lástima, porque ni siquiera aporta desde el esfuerzo, sólo resta.
Caicedo es un cúmulo de músculos aparatosos que van para adelante con la cabeza gacha cual toro en rodeo. Por ahora le alcanza, aunque es muy poco. Lo más esperanzador está en el paraguayo Fernández, que tiene recursos para alimentar las expectativas puestas en él. (más…)

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Gol; esa maldita obsesión

2 abr

“En Gimnasia, cuando Gregorio Pérez era el entrenador, el equipo no jugaba bien. Hubo una serie de malos resultados en cadena. Una de las falencias en los partidos era, justamente, la definición de las jugadas. Un miércoles, el entrenador armó ejercicios para romper con esa sequía en la red. Pero los remates de todos eran defectuosos. Gregorio Pérez, con el silbato en la mano, se quejabade lo que pasaba”. Cuenta Facundo Sava en su excelente libro “Los colores del fútbol”. Sava, hoy entrenador de Unión de Santa Fe, da cuenta de cómo la interacción del jugador con el técnico, sin rango jerárquico de por medio, puede lograr alcanzar objetivos deseados y a su vez dificultosos. La historia continúa con una charla que tienen Pérez y Sava, donde el jugador le comenta que los jugadores se sienten presionados y le recomienda repetir los trabajos; “pero permití que nos podamos reír de lo que nos pasa, que nos carguemos si la pelota sale a la calle, demos premios a la mejor definición y a la peor. No la tiramos afuera a propósito, vamos a alentarnos, a competir entre nosotros, a desdramatizar”. La anécdota termina con una práctica tal cual el jugador se la recomendó al técnico. Al partido siguiente el equipo ganó.

Hoy, Independiente vive algo similar, con el agravante que pelea por no descender por primera vez en su historia. En los últimos tres partidos creó más situaciones netas de gol que en todo el torneo anterior, no obstante, apenas marcó un gol. Algo de lo que cuenta Sava se puede aplicar a esta realidad del rojo. Y algo que muchos hinchas se preguntan es cuando será la hora que los jugadores se “saquen la bronca” de no poder hacer un gol. Si uno mira las últimas definiciones de los volantes y delanteros de Independiente, puede asegurar que el que mejor pateó hasta ahora, fue un defensor. Sólo Morel Rodríguez contra Boca pudo mandar la pelota a la red. Y pateando con esa furia que se contiene cuando las cosas no salen y no buscando hacer un gol lindo, con clase o hasta con displicencia –Caicedo ante Boca y Quilmes, Leguizamon ante Quilmes, Benítez ante Boca- es como se sugiere, abría que iniciar el camino hacía la remontada, a este paso, casi utópica. (más…)

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Un beso de buenas noches

17 dic

Tete tenía un año y medio. No hablaba mucho, en realidad repetía monosílabos y algunas palabras como “mamá, papá y tete”, y a pesar de eso se hacía entender muy bien. Tete tenía una facilidad asombrosa para desenvolverse y responder ante cada pregunta que le hacíamos, era el claro ejemplo de que no hace falta hablar a borbotones para hacerse comprender. Tete jugaba mucho, le gustaba andar con autitos por toda la casa y tenía un muñeco de Batman –que le había regalado una tía en un viaje realizo a EE.UU. meses atrás- y otro del Topo Gigio que eran su compañía siempre. Adonde el iba, sus muñecos lo acompañaban; o con Batman al patio o a correr por la casa, o con el Topo a dormir, a comer o a caminar. Tete no hablaba aunque con ellos siempre mantenía un dialogo indescifrable para nosotros.
Hubo, sin embargo, algo en los quehaceres de Tete que me sorprendió y diría aún más, me conmovió. Cada noche, después de cenar y pronto a irse a dormir, mientras nosotros terminábamos de ayudar a mis padres a acomodar la mesa, Tete se iba a su pieza. Sólo. Habíamos separado mi habitación, que era grande, con un biombo e hicimos un pequeño cuarto para Tete, lo suficientemente cómodo para que pueda tener su baúl con juguetes, su cama y un afiche grande de Tom & Jerry, sus dibujitos preferidos. (más…)

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Racing, un equipo de sociedades

3 dic

Elogiar al Velez campeón tiene cierte analogía (lejana por cierto), con aquellos que se le atribuyen al Barcelona de Messi. Hace años que juega a lo mismo, se sabe como lo interpreta y de que manera, tiene gusto por jugadores que prefieren darle un pase al compañero en  lugar de revolear la pelota, hay una filosofía que intentar copiar ciertos aspectos del buen juego que expresa el equipo español, por lo cual no resulta llamativo que el equipo de Liniers haya obtenido otro título.
De todas maneras, lo más notorio a nivel equipos, fue el desempeño de Racing. Se sabe que en cada receso invernal Racing es una de esas instituciones fanáticas en traer refuerzos porque sí, y se sabe también, que cada año, el hincha se frusta porque el equipo no alcanza las expectativas generadas. Este año, sí fue distinto. Partiendo de una politíca muy distinta a la de otros campeonatos, Racing esta temporada eligió contratar jugadores con trayectorias consumadas (alguna similitud con los primos es pura casualidad) y con un rol acostumbrado a ser complementarios al equipo y no al revés.
Primero, la virtud del técnico en elegir a los jugadores correctos y luego, la posibilidad económica  de los directivos y allegados, que hicieron posible satisfacer las necesidades del entrenador. No obstante la mayor virtud de Zubeldía fue encontrar el equipo en un torneo tan corto. Como siempre, los primeros partidos de un torneo esta repletos de refuerzos y estrellas, y el caso de Racing no fue la excepción. En la segunda fecha, Racing alineó a Sand, Camoranesi, Ortiz, Corvalán y Villar (refuerzos). Además de Saja, Hauche, Pelletieri, Pillud y Cahais más su juvenil figura, Centurión. El equipo ganó partidos aunque le costaba jugar bien. Con el transcurso de la fechas y en contra de lo que la lógica argentina propone, Zubeldía modificó el equipo sacando a los refuerzos en lugar de los jugadores de menos peso. Así fue que trece fechas después, luego de cambios paulatinos, Racing, encontró el equipo. Fariña, Vietto y Zuculini reemplazaron a Sand, Camoranesi y Hauche para lograr un equipo más armonioso y sobre todo, con grandes complementos. (más…)

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