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La penumbra de la vida

6 Mar

Mirá la luna. Ahora mirá abajo, no tanto.
Ahí nomás, apenas inclinada a la derecha hay una estrella,
ves que brilla fuerte,

bueno, ahí está

 

I

Como todas las semanas, llevó la ropa recién planchada al lavadero de la planta alta. Desde hacía exactamente tres meses, esa era una de sus tareas en la repartija que le tocó cuando se decidió darle una mano importante a su madre. En esa tarea, daba cada paso despacio, imprimiendo en su memoria cada segundo de esa rutina que sabía, sería fugaz. Miraba, olía y estudiaba detalle por detalle cada rincón de la casa y de ese recorrido. Ese día hubo dos cosas que le llamaron la atención, primero que la pila de ropa cada vez era más chica y segundo que un pequeño destello de luz titilaba desde el fondo de la habitación. Tal vez, modificar el recorrido hacia el lavadero haya activado en ella ciertas señales receptivas a encontrar espacios nuevos. Subir la escalera y pasar primero por el pequeño patio interno que separa ambos dormitorios para luego volver al pasillo, fue, indudablemente, algo distinto.
Apoyó la ropa en la mesa y corrió la cortina de la ventana para que entrara el sol, odiaba la oscuridad, y más si era de día. La terraza con sus enormes macetas y el final en forma de ele del lavadero a un costado era un paisaje que tenía olvidado. Pensó si acaso la ultima vez que estuvo en ese lugar no fue aquel verano, hace ya 20 años, en el que una batalla de bombitas de agua tuvo lugar en toda la casa y ella optó por elegir ese punto clave de la casa para lanzar sus proyectiles. En ese instante dio cuenta que ese destello de luz, visto minutos antes, se había esfumado, luego de dudar un poco, volvió a cerrar las cortinas. Retornó entonces aquella pequeña luz, que aparecía al final de la habitación, allá lejos, en la prolongación del lavadero, esa parte de la casa que nunca se visitaba. Sintió curiosidad y sin darle mucho espacio a la duda, caminó por el pasillo para ver que era.

II

Un antiguo candelabro cubierto con mucha cera, predominaba sobre la pequeña mesa circular de roble, que recordó, era la mesa en la cual guardaban los licores y bebidas en días festivos. A su lado, un confortable sillón victoriano, le daba más volumen al cuarto, que entre muebles de carpintería, retazos de telas y ovillos de hilos de colores, era la mezcla perfecta entre un  taller de artesano y otro de diseñador de ropa. Ese rincón, que otrora servía de depósito de cosas inútiles, ahora era un espacio de creación que ella estaba descubriendo. La curiosidad se volvió asombro cuando pudo ver, apoyado sobre el sillón una pila de cuadernos de tapa dura. Eran varios y de dos colores; uno azul; el otro, rojo. Tenían etiquetas escolares en el costado superior derecho con el nombre de ella y su hermano. Cuando se dispuso a abrir el suyo, escuchó la puerta y vio, apoyada sobre el marco a su madre con dos tazas de te en la mano. Con un dejo de cadencia en la voz le ordenó que se sentara. Deja el libro, sentenció. No alcanzó a primerear la hoja que tenía apartada con los dedos, dejó el cuaderno torpemente y se sentó en un banquito de madera que había por ahí.
Es de tilo, el que te gusta a vos. Vamos a charlar un rato, finalizó la madre. (más…)

Escape

20 Abr

El día estaba siendo demasiado complicado, la prueba del psiquiatra para ver como andaba sin pastillas parecía estar equivocada. Eran las cuatro de la tarde y ya se había puteado con cinco tipos en la calle. Cada vez que se peleaba se acordaba de las palabras del doctor; “tienes que controlar tu ira interna, respira y cuenta hasta diez”. ¡Anda a la puta que te parió, vos, la respiración, las matemáticas, el buda y la reconcha de tu madre vos y tus pastillas del orto!, soltó luego que el chofer del  112 le escupiera el parabrisas y lo mandara a visitar la pija más cercana que encontrara. Recién ahí respiró por primera vez en el día. Sabía que tenía dos alternativas, o se bajaba del auto y se caminaba las cuarenta cuadras que faltaban hasta su casa o hacía caso a las palabras de tu médico y seguía viaje lo más tranquilo posible.

Un par de bocinazos lo volvieron a su realidad, estaba en el medio de la avenida, con luz verde y estaba atrasando todo el tráfico. Arrancó y vio que el colectivo seguía delante de él, esta vez a casi una cuadra. Volvió a respirar y puteó al doctor, de vuelta. Se dijo que no iba a putear más, al menos hasta que terminara el día. En lo que quedó del trayecto, un auto lo encerró y un motoquero lo mandó a chupar otra pija. Le molestaba más que le vociferaran insultos que comúnmente eran dirigidos a mujeres que lo putearan.  ¡Tengo cara de puto o que mierda, la puta que lo parió! Trigésimo insulto en el día y segundo gritando solo en el auto y promesa rápidamente incumplida. (más…)

Independiente es literatura

3 Oct

Aquella tarde de sábado soleada y templada de junio,  que se presagiaba dramática e irreversible para los designios de Independiente en su irrefutable camino al descenso, casi consumado una semana atrás, cuando en Núñez la taba se inclinaba inexorablemente para marcar, casi de manera infame, el futuro de los rojos, yo elegí comenzar la jornada leyendo cuentos. Y cuando digo cuentos me refiero exclusivamente a relatos de fútbol. Para ser más preciso, leía solo aquellos que se referían a Independiente o a alguna gloria del otrora ejemplar club de Avellaneda.

Había comenzado el día bien temprano. Los nervios y la cabeza que no paraban de rememorar hechos pasados, buscar cambios futuros, ilusionarse con milagros y con utopías. Así no pude más que obligarme a encontrar algo que me despejara de esa incómoda situación. Ni el hecho de jugar con mis hijos me desconectaba. Y aparte, naturalmente mis ánimos estaban un poco trastocados y llegar a rozar un atisbo de descarga hacia la humanidad de dos chiquillos de 2 y 4 cuatro años por el motivo que fuere, dejaba de ser inmaduro, para convertirse en algo incoherente hasta pelotudo. Entonces, la lectura. Me acordé de que también están los libros. Que entre tantas finalidades una es justamente llevar al lector a un paseo inesperado. Elegir ese pasatiempo para esperar la hora señalada me pareció lo más sensato que podía esperar de mí para ese momento.
Era temprano pero ya tenía varias cosas claras, además la elección literaria, sabía, también que almorzar no podía. La comida o cualquier bocado se estancaba en mi esófago por horas y se olvidaba de su recorrido hacia el estómago para convertirse en un nudo, un bola, un dolor que se estacionaba en mi cuerpo y duraba lo que el partido tardaba en consumarse, y más también. Por lógica, la mejor manera de evitar ese inconveniente era cagarse de hambre y solo ingerir líquidos. También sabía que las cábalas no me servirían de nada -una nueva por cada derrota o empate, había saturado mi capacidad de resignación ante cada fallido intento por darle a ese Independiente algo que no tenía y que creía, que con mis artilugios mágicos y esotéricos podía brindarle-.
Con lo cual me dispuse a superar ese trance de la manera más natural posible. Lo que mi cabeza o la poca fuerza que le quedaba a mi corazón de hincha luego de bancarse tantas decepciones, dispusieran. Sin embargo, aún satisfecho por la honrosa manera de atravesar  el litigio, agarré un libro como cuando un niño duda en aceptar ese caramelo que le ofrece el almacenero cuando acompaña a la madre a hacer las compras. Y lo tomé, así como quien no quiere la cosa, como quien lo agarra para hacer que hace algo, sin motivo alguno o finalidad clara, a pesar de que creía tenerla. (más…)

El potrero de cemento

1 Oct

No crecimos en un barrio de calles de tierra. Eran de cemento. No de asfalto, ese asfalto pedorro que usan hoy. Cemento, concreto, pavimento. Que con el sol del verano parece una losa radiante de lo que quema y donde usábamos las uniones de brea para limpiarnos las suelas cuando pisábamos mierda o bosta de caballo. Duro duro el concreto. Pero cómo picaba la pelota y cómo raspaban las rodillas. Todavía hoy me quedan secuelas de tantas cascaritas arrancadas a la fuerza, porque me divertía la crosta que se formaba y yo la sacaba aún con algún pedazo de piel que todavía no había cicatrizado.
Y así aprendimos a jugar, en la calle. Un placer mayúsculo. Eran tardes que sumaban demasiadas aventuras para nuestras mentes ávidas de emociones y dispuestas al gozo eterno. La calle tiene sus bemoles, así como los pozos en la tierra o el polvo de la misma interfieren, a veces a favor, otras en contra en el desarrollo de un partido de fútbol; en el cemento, los cordones, los autos y los postes de luz hacen lo propio.
Había ciertos artilugios, al cordón de la vereda uno podía usarlo de compañero para que sirva una pared y así eludir un rival sin más que simple toque; el poste era más bien un aditamento defensivo. Esas varas rústicas y altas merecen una mención detallada: si el defensor de turno tenía la suficiente habilidad podía dirigir a su rival hacia donde la esfinge de madera se erigía, esta podía ayudar a la tarea defensiva tanto estorbando la carrera del atacante, o bien, como defensor extra puesto que no solo ocupaba un importante reducto, sino que su terminación, astillosa por donde se lo mire, resultaba por demás amenazante ante un posible choque. Me detengo un rato más en el poste de luz, si la cancha tenía, como la nuestra, tres en fila, un incipiente y peligroso contraataque rival, servía para darle la pauta a la horda atacante que sí el juego era llevado justo por ese sector, sería mejor rematar pronto o atenerse a las consecuencias – un combo patada más pared de madera, podían ser muy dañinos-. Ha sucedido en varias oportunidades que algunos de nosotros, en nuestra rusticidad defensiva, empujemos lícitamente, siempre lícitamente,  al contrario haciéndolo colisionar de manera no muy agradable contra el poste, cuando no era pared lo que tenían a su lado. Pero eran las menos ha decir verdad.
Después estaban los autos, otro elemento favorable para quién sabía utilizarlo con mesura. Para los defensores su utilidad radicaba en que su infame y antipática aparición en las proximidades del rectángulo de juego hacían detener el match y por consiguiente permitir al equipo que llevaba la desventaja, tanto numérica como posicional, acomodarse y esperar la reanudación con otro equilibrio y más gente. El auto es un tema muy particular, que requirió un tratamiento especial en varias reuniones, debido a que sucedía, frecuentemente, que este bólido de cuatro ruedas –¡sin mencionar a los malignos y desagradables camiones y colectivos, que contaban con entre seis y dieciocho ruedas!- estalle, reviente, pinche, destroce o simplemente pise nuestro esférico para así obligarnos a abandonar el partido hasta tanto no se juntara la plata necesaria para la compra de otro balón, acción que según la hora podía posponer el partido hasta el otro día o  en ocasiones hasta ¡la semana siguiente! Toda una injusticia. La aparición del auto y su constante accionar, perjudicando nuestro inocente juego, dirimió, luego de una serie de episodios desafortunados, como aquella cuando el conductor de auto se bajó a insultarnos porque uno de nosotros lo mando a la concha de su madre luego de que destrozara la pelota, en la compra de dos balones y en la decisión que la casa más cercana a la cancha sería la que albergue la bola suplente.
Como decía antes, no solo los defensores usaban la detención esporádica del juego para su beneficio. Hubo delanteros quienes ante lo sucedido se acomodaban el balón para su pierna más hábil si este no estaba bien puesto, otros que relojeaban al arquero y a las piedras que hacían de poste para ver donde patear. Los hubo quienes llamaban por lo bajo a algún compañero para elucubrar alguna pared o distracción. Generalmente, ahí, cuando el riesgo lo suponía un delantero, era cuando el arquero o todo el equipo rival clamaba por justicia, por un poco de decencia y entonces las negociaciones subían de tono. En definitiva, un quilombo, pero de los lindos.
La calle es un mundo en sí, y una escuela también. Muchos de nosotros hemos aprendido a jugar y mejorar nuestras habilidades luego de practicar en la vía pública. Claro que hay que tener algo adentro, la calle no es una maestra siruela que se te va a poner día a día a enseñarte algo que no tenes. La calle te acompaña, de potencia, te hace de sostén. Te curte y te lastima, pero te deja huellas eternas que forjan el hombre que todos queremos ser. Lo cierto es que jugar a la pelota en la calle suponía la acción el día más importante para nuestra temprana infancia. Diría más, hasta también ha sido escuela en otras artes, como la de andar en bicicleta o jugar a la escondida. Claro, que esas actividades estaban reservadas para cuando se aparecían las chicas del barrio y uno cambiaba la cara de pendejo futbolero por la de un joven apuesto y desesperado, o para cuando éramos pocos y jugar a la mortadela ya era aburrido.
Otro requisito, casi impuesto tácitamente era la conformación de los equipos. Sí o sí, debía ser bajo pisada o el mal llamado pan y queso. ¡Donde se vio que para jugar a la pelota uno tenga que sortear un sanguche! En fin. Se pisaba y si no se hacía era porque la totalidad de los jugadores presenten coincidían en que los dos mejores jueguen separados y sean ellos quienes elijan a sus laderos. Lo loco era como se determinaba quienes eran los mejores, porque siempre uno sobresale, pero el segundo. Al contrario de lo que dictan los eruditos del profesionalismo, al segundo, en la calle, sí se lo recuerda. Y en mi barrio eran varios los que pugnábamos por esa condecoración. A veces se turnaba el privilegio, un día era uno, otro día otro. Lo cierto era que para mantener ese puesto, el elegido, no sólo tenía que jugar muuuy bien, sino también, ganar. De esta manera podría utilizar la opción “revancha” al siguiente encuentro ante una eventual amenaza de perder su lugar.
En mi barrio teníamos todo eso, y más. Nuestra cancha era única. No como la de los vecinos, esa que estaba a tres cuadras de la nuestra que estaba llena de casas, millones de canastos de basura, autos estacionados en la vereda. Carajo, que mierda era jugar ahí. Al menos ganabamos bastante seguido, entonces la calentura duraba lo que un pedo de mosca. En cambio nuestra cancha. ¡Eso era un estadio! Dos fábricas, una en cada vereda. Ambas ocupaban la cuadra entera. Cuatro portones, uno con una especie de zaguán enorme que nos salvada ante fuertes tormentas. Apenas tres árboles y ocho postes de luz, cuatro de ellos ubicados en cada esquina y apenas una casa, encima de uno de nosotros. Con lo cual, nuestra cancha era la mejor, la más grande y la más envidiada de toda la zona. Así usufructuamos ese espacio por el término de catorce años. Después, nos hicimos adultos y solamente después de eso, fue cuando un camión municipal vino una tarde y clavó como cinco postes más.

Aldana atrás

30 Abr

Como la cosa a mi mamá le daba miedo, por ese tema de los robos y afanos, de que te matan por dos pesos y que había mucha inseguridad, las reglas me fueron establecidas taxativamente: nada de salir a jugar a la calle; se puede salir siempre y cuando estén todos tus amigos y sea después de la hora de siesta, porque la gente duerme, ¿entendes? Si mamá respondía con cara de puchero, y pensaba en voz baja porque me rompía las bolas con la siesta si ella nunca se acuesta. Además me había advertido que a la primera queja o principio de riña con vecinos o amigos: me iba para adentro. Claro que mi mamá no era tan dictatorial o al menos, conocía que para nuestras limitaciones existía un escape. Y ese escape, era el jardín del fondo de mi casa. A pesar de haber renegado los primeros instantes de jugar a la pelota en un patio de 40 baldosas por 40 baldosas -así lo recordaba mi hermano siempre que mi madre se quejaba por alguna alegría rota o el potus en el piso-, al tiempo le encontramos la vuelta y todo se solucionó cuando en mi cumpleaños el regalo fue un arco de plástico tamaño futbol 5.
Así fue que las tardes se pasaban en ese fondo, frecuentemente acompañado de algún amigo (siempre dije que las máximas impuestas a nosotros también lo fueron para mis compañeros. Nada mejor para una madre tenue que una madre con ideas claras en el marote), con muchos partidos y sus posteriores meriendas, memorables, por cierto. Sin embargo hubo un momento en donde nuestras tardes comenzaron a complicarse. El fondo de mi casa daba al lateral de la casa de atrás que tenía un parque enorme y pegado a la medianera un galpón de chapa. En esa casa vivía un matrimonio con sus dos hijos, los cuales nunca supimos si eran grandes, chicos, mujeres o varones. Una tarde de sábado, Tiago y yo, contra mi hermano y Juani estábamos jugando el bueno luego de un partido con una victoria por lado. El match era a 10 goles, estábamos igualados en 8 y en un momento Tiago le pegó muy fuerte a la pelota, tanto que ésta rebotó en una maceta, pegó contra el foco de luz -sin lamparita, por supuesto, rota antes- y cayó en la casa vecina. El que las hizo las paga, es la regla, y entonces Tiago tuvo que ir a buscar el balón. Desde las dos de la tarde hasta las seis, no solo suma cuatro horas de juego, sino que también resta mucha paciencia en aquellos individuos proclives a la furia. Fue así que la conjunción de ciertos factores hizo del papá de la susodicha casa un Panzer desquiciado sin control, un ser virulento y por demás dañino. Desde nuestra posición escuchamos el timbre, el portazo, los gritos y lo peor; el estallido. (más…)

Un beso de buenas noches

17 Dic

Tete tenía un año y medio. No hablaba mucho, en realidad repetía monosílabos y algunas palabras como “mamá, papá y tete”, y a pesar de eso se hacía entender muy bien. Tete tenía una facilidad asombrosa para desenvolverse y responder ante cada pregunta que le hacíamos, era el claro ejemplo de que no hace falta hablar a borbotones para hacerse comprender. Tete jugaba mucho, le gustaba andar con autitos por toda la casa y tenía un muñeco de Batman –que le había regalado una tía en un viaje realizo a EE.UU. meses atrás- y otro del Topo Gigio que eran su compañía siempre. Adonde el iba, sus muñecos lo acompañaban; o con Batman al patio o a correr por la casa, o con el Topo a dormir, a comer o a caminar. Tete no hablaba aunque con ellos siempre mantenía un dialogo indescifrable para nosotros.
Hubo, sin embargo, algo en los quehaceres de Tete que me sorprendió y diría aún más, me conmovió. Cada noche, después de cenar y pronto a irse a dormir, mientras nosotros terminábamos de ayudar a mis padres a acomodar la mesa, Tete se iba a su pieza. Sólo. Habíamos separado mi habitación, que era grande, con un biombo e hicimos un pequeño cuarto para Tete, lo suficientemente cómodo para que pueda tener su baúl con juguetes, su cama y un afiche grande de Tom & Jerry, sus dibujitos preferidos. (más…)

Memorias de una foto

31 May

Recuerdo que fue una tarde de visita a la casa de mis viejos la que me reencontró con ese antiguo cajón de fotos. Me gustaba sentarme solo, de vez en cuando, a mirar esas imágenes, entre otras, pasadas y añoradas postales de mi infancia y mi familia. Yo no era aún tan mayor como para pensar mis albores ya tan lejos, aunque siempre estuvo presente en mi memoria. Y entre ese manojo de fotos sueltas apareció una de ese grupo de amigos. Eran risas y brazos al hombro y complicidad y libertad juntadas en una tarde otoñal subidos a un viejo jeep verde, con el decorado de fondo de la -nuestra- calle vacía, mojada y gris. Recuerdo que ese auto, que casi pasaba a ser chatarra más por su pasado que por su estado, supo adornar la esquina del barrio por un buen tiempo.
Los días fríos han calado mi ser de manera muy profunda, a tal punto que me he vuelto imbatible a la hora de comparar (y defender) aquellos otoños e inviernos con los que nos tocan hoy, porque supongo, esas estaciones deben extrañar aquellas épocas en las que el abrigo era una prenda necesaria e indispensable durante casi un semestre y no un atuendo, que hoy, se usa apenas algunas jornadas y sobre todo para coronar el maquillaje. (más…)

Un penal partido en tres

9 Nov

Seba Sanchez no tiene facebook pero sí sabe escribir y de paso tiene un programa de radio para comunicar sus pasiones. Gonzalo Ruiz es periodista, de Mendoza y también escribe. A ellos los invité a realizar un cuento, que en principio me había olvidado en algún lugar y que luego se me ocurriese invitarlos para que me ayuden a terminarlo. El cuento, como no podía ser de otra manera, era de fútbol. La excusa perfecta para unir a tres personas separadas por muchos kilometros aunque encolumnados detras de la misma causa. Entonces surgió este relato, que empieza en Buenos Aires, pega un tirón hasta Uruguay y mete un salto hasta Mendoza. Espero que lo disfruten, tanto o más como lo disfruté yo. Y yapó a Seba y Gonza.

─ ¡Callate, Foca! No ves que ya cobró─ increpó Aníbal.
El Foca era de por sí calentón y se puso peor porque íbamos uno a uno y faltaban cinco para que terminara el partido. Aníbal lo agarró y se lo sacó de encima al árbitro, pero el Foca estaba como loco.
─ ¡¡¡Pero si nos quiere cagar!!! ¿Qué me sacá? No ve que es un marmota─ el Foca seguía.
─ ¡Pará boludo! Ya tá. Callate que te van a echar ─ saltó Leche desde el arco.
Leche estaba confiado, por eso quería que le patearan el penal. Se había morfado el gol del empate y quería revancha, por eso no se movía del arco. Se quedaba quieto ahí para que se apuraran y se pateara el penal.
─ ¡Dale, dale, pajero! Vení. Ya tá─ Al final entre Aníbal y Esteban lo frenaron al Foca.
El árbitro era impresentable, se vendía solo, un viejo fracasado que no sólo fue un jugador frustrado sino también que lo fue en las ligas amateurs, por eso se deschaba su impune elección de juez, estaba inmutable esperando una última reacción del desquiciado jugador para echarlo, porque el Foca era calentón pero no boludo, le gritaba y cuestionaba pero no insultaba.
─ ¡Te hiciste el canchero, más vale que la atajés porque te meto el guante el orto y te hago un enema con los Reusch!─ amenazó Juan al Leche antes de que se disponga a hacer sus movimientos para amedentrar al ejecutante.
Quizá el resto del equipo se calentaba o bien trataba de calmar los ánimos, pero para Juan este partido era especial. Juan era callado, de pocas palabras aunque a veces muy sabias. El año pasado se perdió un gol debajo del arco contra el mismo equipo y eso le valió (le vale) ser el objeto de todas las cargadas cuando se juntan para comer algo cada fin de mes con el resto del grupo. Por eso, Leche notó que en esa amenaza no sólo estaba su intención de romperle el culo sino también la de vengar tantas cargadas no merecidas e infames, si tenemos en cuenta que ninguno del grupo es digno del hall de la fama sino más bien, apreciados integrantes del club de los rústicos. (más…)

Empleo del beso

6 Oct

Déjeme mencionarle que el beso, a pesar de tener variadas y agraciadas aplicaciones, posee a su vez, usos que rozan la falta de acato. Aquí, en mi país, el beso en algo tan común, pero tan común, que lo único que se me viene a la cabeza para poder describirlo es que es tan usual como los besos que se brindan las damas y sobre todo caballeros en los vernáculos mafiosos italianos y americanos. Aquí, no es moco de pavo, es algo importante, clave y hasta le diría, definitorio. Muchas personas juzgan a su par de acuerdo al beso que da. Aquí nació, como tantas otras cosas, como una costumbre traída por los barcos europeos, allá por los siglos del descubrimiento. Seguramente, en los pobladores primitivos de estas tierras, dicho acto no sería el empleado entre sus pares y casi con certeza sería reservado para los ámbitos más sublimes y privados.
Sin embargo, aquí, como en muchas otras partes, el beso entre tantas otras aplicaciones y recursos, sirve para saludar, dar la bienvenida, recibir o despedir al prójimo. Y es aquí, mi querido señor, donde yo voy a detener y ahondar mi relato. Porque bien conozco que hay besos para sentenciar, para liquidar, para erotizar, para enamorar y un sinfín de cosas más. Pero el beso del saludo, el de entrada o salida, ese beso es el que me atañe en esta ocasión, porque sepa entender mi amigo, no es un simple gesto. No señor, es algo más. Significa la demostración de cariño o afecto, el afable sentir ante una amabilidad o la alegría por la presencia efectuada. El beso es el tema y aunque le suene obsesivo o hincha pelotas, con el perdón de la palabra, diré que ahondaré aún más mi ensayo y me detendré en el beso masculino, porque bien sabe, el beso hombre mujer o mujer mujer tiene muchas acepciones, ahora bien, el beso hombre hombre tiene pocas y salvando excepciones, únicas maneras de efectuarse, y aquí estimado, aquí es donde quiero detener la lupa y amplificar y analizar este suceso. (más…)

No tené una moneda

26 Sep

El andar tantos años en la calle algo me enseñó. O quizá, la sociedad en su locura diaria y decadencia permanente me impregnó como manejar una situación cotidiana del conductor argentino, sobre todo porteño o bonaerense; el limpiavidrios. Lo cierto es que me encontraba detenido en una esquina, porque la luz roja así lo ordenaba y un muchachito pequeño, flaco, de aspecto sucio y pelo empastado, se acercó raudamente hacia mi auto. Yo tenía la ventana a medio cerrar, pero en lugar de darle un cierre definitivo, opté por lo contrario, porque un recibimiento (a priori negativo), sería mejor aceptado por este purrete en lugar de menearle el dedito de manera despectiva y negativa a través del vidrio aislante.
Me marcó el vidrio con la mirada y lo apuntó con su limpiador, le hice una mueca con la cabeza negativa.
—Amigo, ¿tiene una moneda?
—No che. Nada. Le di unas monedas a un nene unos semáforos atrás y me quedé pelado.
—Nimporta migo, ta todo bien. Te lo limpio de onda.
—¡No no! Deja. En cualquier momento se larga— y me di cuenta de que uno siempre mezcla en su mejor momento de lucidez alguna frase pelotuda que echa por la borda la obra de arte empezada. No estaba nublado ni mucho menos iría a llover. Si a mi falaz pronóstico algo le faltaba para liquidarme como un mentiroso de poca monta, un cartel sobre el boulevard de la avenida recordaba que hoy era el día de la primavera. Y el sol no tenía intenciones de invitar a su prima la lluvia ni a nadie. (más…)