Archive | Marzo, 2010

Fefa, ¡mano eso!

28 Mar

—¡Maaano juez!, ¡¡¡la puta que te parió che, fue mano!!!—Yolanda escupía la melba mientras insultaba al referí.—. ¡Eeee juez, fue mano eso, sos ciego o pelotudo!
El partido entraba en sus últimos diez minutos y Villa Autopista La Plata-Buenos Aires, actuales campeones de la categoría, perdía 2 a 0 ante el local.
—¡No ves una mierda juez!— Jorguito continuaba con el despiadado ataque hacia el colegiado, que había comenzado su mujer desde la tribuna.
La pelota seguía su recorrido, le rebotó en la mano al 10, le vuelve a sus pies y saca un pase para el 3.
—¡Arbitro fue mano eso!—Yoni, delantero de los Villeros quería justicia y corría desde atras, gritandole al impertubable referí.—¡Árbitroo!.
—¡¡¡Se calla la boca señor!!!—y la tarjeta amarilla se refleja entre el ceño fruncido y enojado del defensor.
—¡Pero que me amonestá!, ¡fue mano!
—Una más y se va…
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Memby Kurapepé

17 Mar

Su vida como jugador de fútbol fue tal cual definió su situación Fontanarrosa en algún que otro reportaje; “mi fracaso en el fútbol se debió a dos razones: una mi pierna izquierda y la otra mi pierna derecha”. Jugó en equipos del ascenso -siempre más suplente que titular-, sobre todo de la D y ya casi en el final de su corta carrera (apenas jugó 9 años, de los 18 a los 27) tuvo su bautismo en primera A. Deportivo Mandiyú de Corrientes había contratado a Maradona como DT y este lo sumó al plantel ante un pedido expreso de su mujer Claudia. Al ser, nuestro personaje, amigo de su hermana y por tener buena relación con la mujer del 10, logró que esta le insistiera a Diego con darle una chance y como ellos venían mal, y el astro quería repuntar la relación, le terminó dando bola. Maradona duró poco y el menos, entró a 5 del final en el debut del DT. Derrota ante Central por 2 a 1. Después, nunca más integró el banco de suplentes.
Se retiró al poco tiempo, hizo el curso de DT y luego de un gran depresión, la típica que les agarra a los jugadores fracasados cuando ya saben que no van a patear en el verde césped nunca más, se exilió en Uruguay por un tiempo. Primero estuvo en Canelones, pero en Colonia fue donde se le rotó el eje y encontró una nueva manera de jugar al fútbol. Como era horrible con los pies, practicó la cabeza y la docencia y empezó como ayudante de campo en Plaza Colonia, equipo que nunca había debutado en las ligas mayores rioplatenses.
Así transcurrió los años finales de la década del 90, y después de la crisis argentina en 2001, Cambaceres lo contrató como ayudante de campo. Comenzó su carrera en Argentina, pasó por Dálmine, El Porvenir, Armenio, Quilmes y Central Córdoba. Su nueva rotación de eje se dio cuando Noray Nakis se hizo cargo de la presidencia de Independiente. Nuevamente, gracias a sus contactos y buenas vibras con allegados, se hizo cargo de la 4ta del club de Avellaneda.
Al año sacó campeona a la divisional y había formado un equipo que rotaba entre 6 y 7 jugadores con la primera. Independiente esos años era un fiasco y cualquier jugador servía, o no. Fue con la salida de Burruchaga donde se hizo la luz y parece, lo alumbró todo a el. Nakis ya no sabía a quien recurrir y le ofreció el interinato hasta que lograra convencer a Pepé Santoro -por ese entonces dueño de una agencia de turísmo que organizaba viajes de ex futbolistas jubilados a Brasil, Argentina y Paraguay, más precisamente, Ciudad del Este-, otrora bombero ante este tipo de debacles rojas, quien ya estaba harto de salvar a su amado club pero Nakis confiaba en doblegar su postura ofreciéndole el puesto de DT en forma definitiva.
El dirigente tardó dos meses en persuadir a Pepé, sin darse cuenta que bajo el interinato de nuestro personaje, Independiente ganó 4 partidos y empató uno, contra River, con dos hombres menos y sobre la hora. La prensa empezaba a hablar de este jóven técnico, aún desconocido, de actitud menotista, raro y de cambios alocados (en su debut, a los 15 del 2do tiempo con su equipo 2 a 0 arriba, sacó a los dos laterales y puso dos puntas -el partido terminó 5 a 3 luego de que se lo dieran vuelta en 5 minutos- porque decía que era un visionario, y sabía como iba a terminar el partido, así que se adelantaba a los cambios para no perder tiempo), pero el sabía que lo suyo era pasajero.
El día anterior a firmar su primer contrato oficial, Santoro recibió una llamada de Kuyumchoglu. Desesperado, el ex jugador de Estudiantes, gritaba al audífono de Pepé diciendo que los tickets de hospedaje del hotel Memby Kurapepé (vaya ironía) de Ciudad del Este no eran aceptados por el gerente y que no tenían donde dormir. 20 ex players con sus respectivas mujeres estaban varados en Paraguay. Pepé tuvo que irse de raje a su auxilio. Nakis, de afamado mal genio y poco hábil a la hora de la plática, no tardó en explotar como una olla. Fue tal la calentura que al otro día, en una apremiante conferencia de prensa, reconfirmó al DT internino hasta final del campeonato y le dedicó a Santoro un evagenlio de puteadas, arrancando con un “el boludo de Pepé nos falló” para terminar con “¡el rreconchudo sorete mal cagado puto de Santooor y la rre connncha del patooo!”.
Nuestro, ahora garantizado DT de los rojos, encaró las últimas 8 fechas con una hidalgía y honor enormes, emocionado hasta la médula y re cagado en las patas. Sabía que esta quizá sea su única oportunidad grande y quería aprovecharla. Habló con los jugadores, quería saber que pensaban de él y ver si había feelling con los capos, ahora que el camino era otro. Se quedó tranquilo cuando el capitán le dijo que lo iban a ayudar y a pesar de estar lejos, tenían esperanzas de pelear el campeonato. Con los resultados que obtuvo como interino nuestro amigo dejó a sus dirigidos a tan sólo 12 puntos de puntero. Su equipo era ofensivo, muy ofensivo, si tenemos en cuenta el fútbol de aquellos años. Para él los defensores no eran importantes, el tema era meter goles y rezar en los defensas y sobre todo el arquero para que mantengan el arco lo menos goleado posible. Jugaba con un 3-4-3 pero casi todos los partidos los terminó con un 2-4-4. Los laterales eran para el lo que a Maradona son los arqueros, siempre los fletaba en los dos primeros cambios. En los entrenamientos, casi no les hablaba. Su fetiche eran los puntas y el 10.
En los partidos restantes, Independiente ganó siete juegos y perdió uno. Tuvo un promedio de 4 goles por partidos a favor y 2 en contra. En todos los games lo embocaron. Los diarios le empezaban a hacerle notas y hasta tuvo alguna que otra portada en los titulares. Revolucionó el club de Avellaneda y a los jugadores. Todos querían atacar, ya a nadie le importaba defender. Los laterales querían jugar de volantes (medio porque sino no jugaban nunca y medio porque era la única manera de figurar en el equipo), los delanteros se mataban a goles en la práctica para ser titulares. Los 21 puntos que logró, no obstante, no le alcanzaron para ser campeón, las derrotas en las primeras fechas ya había hecho efecto y así el team finalizó tercero a 6 de la tierra prometida.
Pero la cima, a pesar de haber estado cerca para el cenáculo diablo, la alcanzó nuestro querido compañero. Finalizado el campeonato, sentado en el jardín de su casa, tomando mate en compañía de Lorca, su gato, ya con el puesto de DT asegurado por una temporada más, nuestro fracasado futbolista, correcto PF pero por sobre todo, agraciado DT pudo decir que su éxito en el fútbol, al final, se debío a dos razones: la primera su fiel amistad, desde chico, con Fernando Kuyumchoglu (quien le tiró el dato), y la segunda, el cheque cobrado por el gerente del hotel Memby Kurapepé.

¡Toma gaucho!

12 Mar

El murmullo que hacen las piedras cuando son aplastadas por la goma de un auto fue lo que me hizo recordar aquella tarde. Vino a mi mente como un haz de luz entra por el pequeño orificio de puerta de madera, así, casi sin querer, dándole claridad a un ambiente, vislumbré aquel recuerdo como un bálsamo de alegría y nostalgia. Había pasado mucho tiempo.
Eran esas tardes de pleno otoño en el final del verano. La estación que prepara los árboles para su afeitada final, en invierno, irrumpía a su par para recordarle que en pocos días sería su arribo y el estival se tendría que ir. Y a mí me recordó que desde su última llegada yo no me había dado ese descanso que me exigía por vivir en una ciudad consumidora de personas y liquidadora de esperanzas. Entre otoño y primavera realizaba viajes a pueblos o parajes, con el afán de descargar todas mis energías en esos lugares donde hacía años, la energía había desaparecido o disminuido, producto de su abandono y olvido. Ver como es vivir tranquilo. O sin energías.
Así fue que ese último otoño viajé a Uribelarrea, un pueblito a no más de 100 kilómetros de Buenos Aires. Llegué con mi cámara de fotos y tarde -en general, cuando viajaba, lo hacía desde tempranas horas de la mañana para poder aprovechar bien el día-, no tenía intensiones de quedarme mucho tiempo, ya que el mapa me mostraba que el lugar era muy pequeño y la nula información en internet me daba el indicio de que mucho para hacer no habría. El pueblo tiene una entrada tan larga y rara que da la sensación de que no te quiere como visitante.

El camino, desde el pequeño y tronchado cartel de bienvenida, hasta el diminuto poblado es lento y aburrido. Ni un árbol o alguna señal de “Despensa Los Aromos, desde 1908. Visítenos”, “Fuerte Histórico. Ruinas.”… nada. Dudé en pegar la vuelta, pero el calor y el hambre ya estaban notándose y así fue que comencé a recorrer Uribe larrea (así, separado, porque si lo decía todo junto, me trababa).
No había ninguna despensa histórica. Tampoco algún restaurante. Apenas un almacén para comprar fiambres y alguna bebida. Almorcé en la típica plaza, mirando la iglesia y buscándole algún ángulo interesante para poder fotografiarla, porque hasta la iglesia era aburrida. Caminé mucho, pero no encontraba nada. Sólo me cruzé con dos personas en el tiempo que llevaba ahí, parecía un pueblo fantasma.
Busqué algún árbol frondoso para echarme a dormir una siesta. Creía que sería lo mejor, dado que el mediodía y su imponente siesta, habían dejado al poblado carente de vida humana. A pocas cuadras de la plaza, cerca de un descampado -o mejor dicho, un descampado cerca de un pueblo- encontré varios árboles que por unas horas albergaron mi descanso.
Me desperté bruscamente, mi cachete y mi ojo izquierdo ardían, escuchaba muchas voces, pero al tener la vista borrosa de un solo ojo y encima estar todavía dormido, no entendía nada. Me levanté como pude. Mi vista se empezaba a acomodar y mi cachete a deshinchar. Sobre el descampado sucedía lo que menos pude imaginar en un lugar tan vano y apagado. Un grupo de pibes y algún que otro grandulón estaban disputando un partido de fútbol con toda la energía que podía tener un potrero de Buenos Aires. Un equipo de Cañuelas (pueblo más grande, a sólo 10 km de Uribe) se enfrentaba a un combinado local, en los típicos mano a mano de los equipos de barrio.
El ardor en mi cara fue por culpa de un bombazo de una pelota que el 7 del equipo de Cañuelas me propinó, cuando en el afán de clavarla en el ángulo, un pozo hizo que la pelota pique mal y el tiro salió paralelo a la cancha para estrellarse en mi jeta. Llegaron las disculpas pertinentes del wing y de sus compañeros. Iba a dar por superado el tema (tampoco era para tanto) cuando rápidamente me di cuenta que el equipo de mi agresor tenía 10 jugadores. ¡Eran 11 contra 10!. Dije que si podía jugar aceptaría la disculpa. Se miraron entre sí y sobre todo me miraron los de Uribe. Quienes me examinaron de punta a punta, tratando de descifrar si este forastero tenía pinta de buen jugador o no. Luego de algunas vacilaciones el sí se hizo eco en el descampado, me saqué la campera, me arremangué el jean y me fui a jugar.
Me pusieron de 11, y me alcanzó con ver dos jugadas para darme cuenta que el 7 no tuvo mala suerte en el pique, sino que realmente era un canto rodado. Tiró dos pases… un pegó en el palo y el otro fue a parar al mismo árbol, que minutos atrás me tuvo de huésped. Cuando entré faltaban 30 minutos y el partido estaba 2 a 2. Los de Uribe eran buenos, mis efímeros compañeros, también, pero brutos. Traté de jugar al toque y descargando. No sea cosa que me ligara un porteño comilón. Pateé al arco recién a 5 minutos del final. Un tiro bajo que el arquero detuvo sin problemas. El partido seguía igual y de haber empate, había penales. En la última jugada hubo córner para Uribe. El 7 y yo, por orden del capitán, nos quedamos arriba. El cabezazo fue al ángulo, pero no se como el arquero la tocó. La pelota pegó en el palo y el rebote le cayó a uno nuestro que, apretando los dientes y cerrando los ojos le dio flor de puntinazo. Arriba estábamos nosotros junto a un defensor de ellos. La pelota por obra y gracia del azar le cayó al 7. Empezó a encarar al defensa, pero en vez de acercarse a mí se abría cada vez más. Yo gritaba y hasta esbocé un pequeño insulto. Antes de que el defensor lo cruce este criollo me mira y grita “¡tomá gaucho!” y lanza un tremendo misil tierra-aire, un pase para algún ñato que estuviera tomando mate en la plaza o durmiendo una siesta como yo, un intento de juego asociado que me dejó por unos segundos pasmado mirando la nada. La pelota voló alto, muy alto, corrí con la esperanza de llegar. Como la pelota era medio globo, hizo una parábola en el aire y de repente bajó de un hondazo. Cayó a unos metros mio y llegué con lo justo. La paré, estaba muy cerca del córner pero sólo se interponía ante mi objetivo el arquero. A lo lejos veía la horda de defensores contrarios correr hacía mi, intentando evitar la catástrofe. Avancé raudamente horizontal al arco, no tenía ángulo y el arquero me tapaba bien el palo. Levanté la mirada y lo vi al 7 correr hacía el arco, paré la pelota y le grité “¡tomá gaucho!”. El centro le cayó redondito en la frente, y este wing bruto, clavó un testazo furioso, de pique al suelo, que se metió en el ángulo haciendo estéril el salto del guardameta rival.
Fue victoria y alegría pura. Unos mates siguieron luego, entre cargadas a los derrotados y chanzas entre los victoriosos. Yo me volví a mi destino, relatando en mi regreso el partido, que gracias a un pelotazo, me dio esa energía que el otoño me brindaba y la urbe me había quitado.