Archive | Octubre, 2013

And the Oscár goes to…

17 Oct

A veces la internete deja cosas interesantes, no todo el grupo (?). Pero para ir directo al grano, paso a responder y recomendar un par de cosas. Gracias a invisiblemente.blogspot.com.ar, mejor dicho a Polanesa que me acercó dicho cuestionario y me alcanzó el premio para que yo se lo alcance a otros… A ver que sale:

El premio se llama Liebster Award, lo otorga The Villacresporker y estas son las consignas:

A) Nombrar y agradecer el premio a la persona o blog que te lo concedió.
B) Responder a las 11 preguntas que te hayan formulado.
C) Conceder el premio a 11 blogs y proponerles 11 preguntas para responder.
D) Visitar los blogs que han sido premiados junto con el tuyo.

 

1. ¿Alguna vez tuviste un sueño premonitorio? Contame más.
Más que sueño, dicen que como escorpiano uno tiene cierto sentido de “pre visión” o algo así. Lo cierto es que sin soñar, quizá imagino o pienso que algo puede pasar, y a veces pasa. La última fue en una pizzería en Banfield. Entré y al mirar lo que la puerta abierta de la cocina permitía me dije “no me gusta esto”. Pero bue, no daba hacer una escena un viernes a la noche. Así que nos sentamos, pedí una pizza con rúcula y tomate cherry y cuando iba a morder de tercera porción, en el centro del tomatito que estaba justo en el centro de la pizza, había una reluciente y jovial cucaracha, tratando patas pa’ arriba, de salir de su prisión ficticia. En fin, no comí más y me fui. ¡Ah! me olvidaba: el lugar se llama La Chavela, queda sobre la avendia Alsina.

2. ¿Qué te llevó a escribir o dibujar o a hacer esas cosas que solés hacer en tu blog?
La necesidad de expiar broncas y dejar de romper cosas. También las ganas de sacar lo que uno tiene adentro, en una de esas a alguno le sirve, ¿no?

3. ¿Con qué escritor, dibujante, prócer, astrofísico, personaje célebre en general te sentís más identificado? (Una vez me preguntaron esto en una entrevista de trabajo, todavía estoy pensando una respuesta adecuada)
Eh… Bue… Admiro a San Martin, Belgrano… pero hoy estoy no estamos en épocas de revoluciones, aunque así lo parezca. Fernando Peña.

4. ¿Tuviste la necesidad de borrar alguna entrada de tu blog? De ser así, ¿por qué?
¡Sí! Releer lo que se escribió, a veces, puede ser contraproducente. Sobre todo si la verborragia salió por estar caliente o por escribir sin ganas.

5. ¿Una buena pizzería por tu barrio?
El Rubí. El mozo, el pizzero y el cajero viven en la película de Woody Allen Medianoche en París.

6. ¿Qué te incentiva hoy a seguir actualizando tu blog, y qué te desmotiva?
Me incetiva las ganas de seguir expresando lo que pienso, de vomitar lo que nadie te escucha. Me desmotiva la poca repercución, que tenga muchos días sin ganas de escribir o que no logre hacerlo más grande. Y no lo digo por ser masivo, sino por no poder hacer del blog un sitio de referencia, que en mis pequeños deseos de trascender, me gustaría que tenga.

7. Sin repetir y sin googlear, países que empiecen con O.
Omán

8. Honestamente, ¿cuánto tiempo de tu vida le dedicás a esto? Ya sea escribiendo, leyendo, pensando en lo que vas a subir, visitando otros blogs, revisando estadísticas, censurando comentarios, etc.
Todos los días. Estoy muy empachado últimamente, necesito verde y montaña.

9. Estás hace hora y media en la cola de un banco para pagar unos impuestos que no te pertenecen, cuando de repente entran diez ladrones enmascarados y armados a saquear todo el asunto. Increíblemente y como si vivieras en una película de Hollywood, llegan 35 patrulleros a intentar resolver la situación. Como tenés una suerte del orto, los ladrones te toman de rehén a vos y dejan que el resto de la gente se vaya a continuar con sus alegres y despreocupadas vidas. Entonces se sacan las máscaras y, para tu sorpresa, se trata de diez extraterrestres que te proponen llevarte a su planeta por fuera de este universo para hacer unos experimentos con vos, a cambio de dejarte con vida. Como no sos ningún boludo, aceptás, pero les pedís por favor que te dejen llevar un par de libros y algunos discos para hacer más llevadero el tema. Los tipos se ponen algo nerviosos y después de algunos sustos, deciden concedértelá pero a medias: tenés que elegir o música o libros. ¿Qué elegís?
Libros. Y arriesgo el porqué; la música la cantas igual; en cambio el libro te hace cantar, imaginar e inventar.

10. ¿Cuál considerás que fue el mayor logro de tu vida?
Irme a vivir a El Calafate. Por ese logro tengo tres logros que valen más que mi vida.

11. Y esta es clave: empanadas de carne, ¿con o sin aceitunas?
Sin. Cortadas a cuchillo y fritas.

Pido un poco más de tiempo para completar la segunda parte.

Saludos y gracias.

Independiente es literatura

3 Oct

Aquella tarde de sábado soleada y templada de junio,  que se presagiaba dramática e irreversible para los designios de Independiente en su irrefutable camino al descenso, casi consumado una semana atrás, cuando en Núñez la taba se inclinaba inexorablemente para marcar, casi de manera infame, el futuro de los rojos, yo elegí comenzar la jornada leyendo cuentos. Y cuando digo cuentos me refiero exclusivamente a relatos de fútbol. Para ser más preciso, leía solo aquellos que se referían a Independiente o a alguna gloria del otrora ejemplar club de Avellaneda.

Había comenzado el día bien temprano. Los nervios y la cabeza que no paraban de rememorar hechos pasados, buscar cambios futuros, ilusionarse con milagros y con utopías. Así no pude más que obligarme a encontrar algo que me despejara de esa incómoda situación. Ni el hecho de jugar con mis hijos me desconectaba. Y aparte, naturalmente mis ánimos estaban un poco trastocados y llegar a rozar un atisbo de descarga hacia la humanidad de dos chiquillos de 2 y 4 cuatro años por el motivo que fuere, dejaba de ser inmaduro, para convertirse en algo incoherente hasta pelotudo. Entonces, la lectura. Me acordé de que también están los libros. Que entre tantas finalidades una es justamente llevar al lector a un paseo inesperado. Elegir ese pasatiempo para esperar la hora señalada me pareció lo más sensato que podía esperar de mí para ese momento.
Era temprano pero ya tenía varias cosas claras, además la elección literaria, sabía, también que almorzar no podía. La comida o cualquier bocado se estancaba en mi esófago por horas y se olvidaba de su recorrido hacia el estómago para convertirse en un nudo, un bola, un dolor que se estacionaba en mi cuerpo y duraba lo que el partido tardaba en consumarse, y más también. Por lógica, la mejor manera de evitar ese inconveniente era cagarse de hambre y solo ingerir líquidos. También sabía que las cábalas no me servirían de nada -una nueva por cada derrota o empate, había saturado mi capacidad de resignación ante cada fallido intento por darle a ese Independiente algo que no tenía y que creía, que con mis artilugios mágicos y esotéricos podía brindarle-.
Con lo cual me dispuse a superar ese trance de la manera más natural posible. Lo que mi cabeza o la poca fuerza que le quedaba a mi corazón de hincha luego de bancarse tantas decepciones, dispusieran. Sin embargo, aún satisfecho por la honrosa manera de atravesar  el litigio, agarré un libro como cuando un niño duda en aceptar ese caramelo que le ofrece el almacenero cuando acompaña a la madre a hacer las compras. Y lo tomé, así como quien no quiere la cosa, como quien lo agarra para hacer que hace algo, sin motivo alguno o finalidad clara, a pesar de que creía tenerla. (más…)

El potrero de cemento

1 Oct

No crecimos en un barrio de calles de tierra. Eran de cemento. No de asfalto, ese asfalto pedorro que usan hoy. Cemento, concreto, pavimento. Que con el sol del verano parece una losa radiante de lo que quema y donde usábamos las uniones de brea para limpiarnos las suelas cuando pisábamos mierda o bosta de caballo. Duro duro el concreto. Pero cómo picaba la pelota y cómo raspaban las rodillas. Todavía hoy me quedan secuelas de tantas cascaritas arrancadas a la fuerza, porque me divertía la crosta que se formaba y yo la sacaba aún con algún pedazo de piel que todavía no había cicatrizado.
Y así aprendimos a jugar, en la calle. Un placer mayúsculo. Eran tardes que sumaban demasiadas aventuras para nuestras mentes ávidas de emociones y dispuestas al gozo eterno. La calle tiene sus bemoles, así como los pozos en la tierra o el polvo de la misma interfieren, a veces a favor, otras en contra en el desarrollo de un partido de fútbol; en el cemento, los cordones, los autos y los postes de luz hacen lo propio.
Había ciertos artilugios, al cordón de la vereda uno podía usarlo de compañero para que sirva una pared y así eludir un rival sin más que simple toque; el poste era más bien un aditamento defensivo. Esas varas rústicas y altas merecen una mención detallada: si el defensor de turno tenía la suficiente habilidad podía dirigir a su rival hacia donde la esfinge de madera se erigía, esta podía ayudar a la tarea defensiva tanto estorbando la carrera del atacante, o bien, como defensor extra puesto que no solo ocupaba un importante reducto, sino que su terminación, astillosa por donde se lo mire, resultaba por demás amenazante ante un posible choque. Me detengo un rato más en el poste de luz, si la cancha tenía, como la nuestra, tres en fila, un incipiente y peligroso contraataque rival, servía para darle la pauta a la horda atacante que sí el juego era llevado justo por ese sector, sería mejor rematar pronto o atenerse a las consecuencias – un combo patada más pared de madera, podían ser muy dañinos-. Ha sucedido en varias oportunidades que algunos de nosotros, en nuestra rusticidad defensiva, empujemos lícitamente, siempre lícitamente,  al contrario haciéndolo colisionar de manera no muy agradable contra el poste, cuando no era pared lo que tenían a su lado. Pero eran las menos ha decir verdad.
Después estaban los autos, otro elemento favorable para quién sabía utilizarlo con mesura. Para los defensores su utilidad radicaba en que su infame y antipática aparición en las proximidades del rectángulo de juego hacían detener el match y por consiguiente permitir al equipo que llevaba la desventaja, tanto numérica como posicional, acomodarse y esperar la reanudación con otro equilibrio y más gente. El auto es un tema muy particular, que requirió un tratamiento especial en varias reuniones, debido a que sucedía, frecuentemente, que este bólido de cuatro ruedas –¡sin mencionar a los malignos y desagradables camiones y colectivos, que contaban con entre seis y dieciocho ruedas!- estalle, reviente, pinche, destroce o simplemente pise nuestro esférico para así obligarnos a abandonar el partido hasta tanto no se juntara la plata necesaria para la compra de otro balón, acción que según la hora podía posponer el partido hasta el otro día o  en ocasiones hasta ¡la semana siguiente! Toda una injusticia. La aparición del auto y su constante accionar, perjudicando nuestro inocente juego, dirimió, luego de una serie de episodios desafortunados, como aquella cuando el conductor de auto se bajó a insultarnos porque uno de nosotros lo mando a la concha de su madre luego de que destrozara la pelota, en la compra de dos balones y en la decisión que la casa más cercana a la cancha sería la que albergue la bola suplente.
Como decía antes, no solo los defensores usaban la detención esporádica del juego para su beneficio. Hubo delanteros quienes ante lo sucedido se acomodaban el balón para su pierna más hábil si este no estaba bien puesto, otros que relojeaban al arquero y a las piedras que hacían de poste para ver donde patear. Los hubo quienes llamaban por lo bajo a algún compañero para elucubrar alguna pared o distracción. Generalmente, ahí, cuando el riesgo lo suponía un delantero, era cuando el arquero o todo el equipo rival clamaba por justicia, por un poco de decencia y entonces las negociaciones subían de tono. En definitiva, un quilombo, pero de los lindos.
La calle es un mundo en sí, y una escuela también. Muchos de nosotros hemos aprendido a jugar y mejorar nuestras habilidades luego de practicar en la vía pública. Claro que hay que tener algo adentro, la calle no es una maestra siruela que se te va a poner día a día a enseñarte algo que no tenes. La calle te acompaña, de potencia, te hace de sostén. Te curte y te lastima, pero te deja huellas eternas que forjan el hombre que todos queremos ser. Lo cierto es que jugar a la pelota en la calle suponía la acción el día más importante para nuestra temprana infancia. Diría más, hasta también ha sido escuela en otras artes, como la de andar en bicicleta o jugar a la escondida. Claro, que esas actividades estaban reservadas para cuando se aparecían las chicas del barrio y uno cambiaba la cara de pendejo futbolero por la de un joven apuesto y desesperado, o para cuando éramos pocos y jugar a la mortadela ya era aburrido.
Otro requisito, casi impuesto tácitamente era la conformación de los equipos. Sí o sí, debía ser bajo pisada o el mal llamado pan y queso. ¡Donde se vio que para jugar a la pelota uno tenga que sortear un sanguche! En fin. Se pisaba y si no se hacía era porque la totalidad de los jugadores presenten coincidían en que los dos mejores jueguen separados y sean ellos quienes elijan a sus laderos. Lo loco era como se determinaba quienes eran los mejores, porque siempre uno sobresale, pero el segundo. Al contrario de lo que dictan los eruditos del profesionalismo, al segundo, en la calle, sí se lo recuerda. Y en mi barrio eran varios los que pugnábamos por esa condecoración. A veces se turnaba el privilegio, un día era uno, otro día otro. Lo cierto era que para mantener ese puesto, el elegido, no sólo tenía que jugar muuuy bien, sino también, ganar. De esta manera podría utilizar la opción “revancha” al siguiente encuentro ante una eventual amenaza de perder su lugar.
En mi barrio teníamos todo eso, y más. Nuestra cancha era única. No como la de los vecinos, esa que estaba a tres cuadras de la nuestra que estaba llena de casas, millones de canastos de basura, autos estacionados en la vereda. Carajo, que mierda era jugar ahí. Al menos ganabamos bastante seguido, entonces la calentura duraba lo que un pedo de mosca. En cambio nuestra cancha. ¡Eso era un estadio! Dos fábricas, una en cada vereda. Ambas ocupaban la cuadra entera. Cuatro portones, uno con una especie de zaguán enorme que nos salvada ante fuertes tormentas. Apenas tres árboles y ocho postes de luz, cuatro de ellos ubicados en cada esquina y apenas una casa, encima de uno de nosotros. Con lo cual, nuestra cancha era la mejor, la más grande y la más envidiada de toda la zona. Así usufructuamos ese espacio por el término de catorce años. Después, nos hicimos adultos y solamente después de eso, fue cuando un camión municipal vino una tarde y clavó como cinco postes más.