Archive | marzo, 2015

La penumbra de la vida

6 Mar

Mirá la luna. Ahora mirá abajo, no tanto.
Ahí nomás, apenas inclinada a la derecha hay una estrella,
ves que brilla fuerte,

bueno, ahí está

 

I

Como todas las semanas, llevó la ropa recién planchada al lavadero de la planta alta. Desde hacía exactamente tres meses, esa era una de sus tareas en la repartija que le tocó cuando se decidió darle una mano importante a su madre. En esa tarea, daba cada paso despacio, imprimiendo en su memoria cada segundo de esa rutina que sabía, sería fugaz. Miraba, olía y estudiaba detalle por detalle cada rincón de la casa y de ese recorrido. Ese día hubo dos cosas que le llamaron la atención, primero que la pila de ropa cada vez era más chica y segundo que un pequeño destello de luz titilaba desde el fondo de la habitación. Tal vez, modificar el recorrido hacia el lavadero haya activado en ella ciertas señales receptivas a encontrar espacios nuevos. Subir la escalera y pasar primero por el pequeño patio interno que separa ambos dormitorios para luego volver al pasillo, fue, indudablemente, algo distinto.
Apoyó la ropa en la mesa y corrió la cortina de la ventana para que entrara el sol, odiaba la oscuridad, y más si era de día. La terraza con sus enormes macetas y el final en forma de ele del lavadero a un costado era un paisaje que tenía olvidado. Pensó si acaso la ultima vez que estuvo en ese lugar no fue aquel verano, hace ya 20 años, en el que una batalla de bombitas de agua tuvo lugar en toda la casa y ella optó por elegir ese punto clave de la casa para lanzar sus proyectiles. En ese instante dio cuenta que ese destello de luz, visto minutos antes, se había esfumado, luego de dudar un poco, volvió a cerrar las cortinas. Retornó entonces aquella pequeña luz, que aparecía al final de la habitación, allá lejos, en la prolongación del lavadero, esa parte de la casa que nunca se visitaba. Sintió curiosidad y sin darle mucho espacio a la duda, caminó por el pasillo para ver que era.

II

Un antiguo candelabro cubierto con mucha cera, predominaba sobre la pequeña mesa circular de roble, que recordó, era la mesa en la cual guardaban los licores y bebidas en días festivos. A su lado, un confortable sillón victoriano, le daba más volumen al cuarto, que entre muebles de carpintería, retazos de telas y ovillos de hilos de colores, era la mezcla perfecta entre un  taller de artesano y otro de diseñador de ropa. Ese rincón, que otrora servía de depósito de cosas inútiles, ahora era un espacio de creación que ella estaba descubriendo. La curiosidad se volvió asombro cuando pudo ver, apoyado sobre el sillón una pila de cuadernos de tapa dura. Eran varios y de dos colores; uno azul; el otro, rojo. Tenían etiquetas escolares en el costado superior derecho con el nombre de ella y su hermano. Cuando se dispuso a abrir el suyo, escuchó la puerta y vio, apoyada sobre el marco a su madre con dos tazas de te en la mano. Con un dejo de cadencia en la voz le ordenó que se sentara. Deja el libro, sentenció. No alcanzó a primerear la hoja que tenía apartada con los dedos, dejó el cuaderno torpemente y se sentó en un banquito de madera que había por ahí.
Es de tilo, el que te gusta a vos. Vamos a charlar un rato, finalizó la madre. (más…)