Independiente es literatura

3 Oct

Aquella tarde de sábado soleada y templada de junio,  que se presagiaba dramática e irreversible para los designios de Independiente en su irrefutable camino al descenso, casi consumado una semana atrás, cuando en Núñez la taba se inclinaba inexorablemente para marcar, casi de manera infame, el futuro de los rojos, yo elegí comenzar la jornada leyendo cuentos. Y cuando digo cuentos me refiero exclusivamente a relatos de fútbol. Para ser más preciso, leía solo aquellos que se referían a Independiente o a alguna gloria del otrora ejemplar club de Avellaneda.

Había comenzado el día bien temprano. Los nervios y la cabeza que no paraban de rememorar hechos pasados, buscar cambios futuros, ilusionarse con milagros y con utopías. Así no pude más que obligarme a encontrar algo que me despejara de esa incómoda situación. Ni el hecho de jugar con mis hijos me desconectaba. Y aparte, naturalmente mis ánimos estaban un poco trastocados y llegar a rozar un atisbo de descarga hacia la humanidad de dos chiquillos de 2 y 4 cuatro años por el motivo que fuere, dejaba de ser inmaduro, para convertirse en algo incoherente hasta pelotudo. Entonces, la lectura. Me acordé de que también están los libros. Que entre tantas finalidades una es justamente llevar al lector a un paseo inesperado. Elegir ese pasatiempo para esperar la hora señalada me pareció lo más sensato que podía esperar de mí para ese momento.
Era temprano pero ya tenía varias cosas claras, además la elección literaria, sabía, también que almorzar no podía. La comida o cualquier bocado se estancaba en mi esófago por horas y se olvidaba de su recorrido hacia el estómago para convertirse en un nudo, un bola, un dolor que se estacionaba en mi cuerpo y duraba lo que el partido tardaba en consumarse, y más también. Por lógica, la mejor manera de evitar ese inconveniente era cagarse de hambre y solo ingerir líquidos. También sabía que las cábalas no me servirían de nada -una nueva por cada derrota o empate, había saturado mi capacidad de resignación ante cada fallido intento por darle a ese Independiente algo que no tenía y que creía, que con mis artilugios mágicos y esotéricos podía brindarle-.
Con lo cual me dispuse a superar ese trance de la manera más natural posible. Lo que mi cabeza o la poca fuerza que le quedaba a mi corazón de hincha luego de bancarse tantas decepciones, dispusieran. Sin embargo, aún satisfecho por la honrosa manera de atravesar  el litigio, agarré un libro como cuando un niño duda en aceptar ese caramelo que le ofrece el almacenero cuando acompaña a la madre a hacer las compras. Y lo tomé, así como quien no quiere la cosa, como quien lo agarra para hacer que hace algo, sin motivo alguno o finalidad clara, a pesar de que creía tenerla.
Me senté en el sillón, abrí un libro que tomé al azar y empecé a leer. Un relato sobre el Bocha y sus firuletes me hicieron un cosquilleo en la panza. Otro sobre ese memorable partido contra Talleres me sacudió hasta el último dedo del pie. Me envalentoné, quien sabe por que y debido a que, y empecé a buscar más cuentos que me contaban lo grande que era Independiente. Una historia del hijo, su padre y el rojo campeón de la Libertadores me dejaron al borde del llanto. Seguí, más Bochini, que la 11 de Bertoni, que el rojo a través de la radio, que otra copa por aquí, otra por allá. Qué hasta los rivales lo saludaban y respetaban. Que Independiente era rival de turno del protagonista de otro cuento. No paraba. Ya para ese momento perdí la noción cabal del tiempo. Estaba en una nube de fútbol, volcado a ese mundo rojo y célebre del Independiente de los años sesenta, setenta y ochenta. Un deleite constante. Todo era orgullo, inflar el pecho y rememorar cuando chico, uno soñaba con ponerse la roja en el pecho, ser jugador profesional e imaginarse como el lomo se estremecía cuando se imagina pisar el verde césped del Libertadores de América.
De pronto un mensaje de texto me sopapeó a la realidad; ”jaja puto, hoy se van”, rezaba el mensaje de texto de un amigo. Anda a la puta que te parió pensé, pero todavía estaba bajo el encanto de ese rojo multicampeón. Luego salió al cruce mi hijo mayor, sin entender mucho en el estado en que me encontraba me dijo; “papá, ¡fúbol!” y me señaló la televisión. Era la previa, faltaban menos de media hora para el inicio. “Si chancho, ya se. Ahora lo vemos”, le respondí, tratando de volver a mi ceremonia anterior. “¿Qué hacé papá?”, volvió ahora para interrogarme, un poco por curiosidad y otro poco como pidiendo que me deje de joder y vaya a jugar con ellos. No le respondí, le acaricié la cabeza y le di un beso.

Un relato del llanto de Pedro Iso cuando no pudo pagar los sueldos, me hizo putear con los labios entrecerrados a los jugadores que en breve saltarían a la cancha a lograr lo imposible. Ya no tenía más libros a mano para encontrar otras historias. Tenía que revisar detalladamente la biblioteca, pero la irrupción de mi hijo me había sacado un poco de ese estado casi terapéutico. Decidí dejar de leer y aprestarme para ver el partido. Me fui del living, le pedí a mi esposa lo que todos los sábados y domingos anteriores; mantener a los niños fuera de la habitación, desconexión total por dos horas con interrupción sólo en el entretiempo para dar parte de vivo y comentar lo acontecido, y contención infantil en caso de algún grito eufórico y desaforado por parte mía. Ya ubicado en mi cuarto, acomodé la cama, pensé que pantalón me había puesto ese sábado que el rojo le ganó a San Juan y mientras lo buscaba me insulté a mi mismo por volver a tentarme con las cábalas y todas esas mierdas supersticiosas, que lejos de relajarme, me tensionaban hasta el hartazgo. Para no ser menos con mis contradicciones del día, cuando terminé de putearme, debajo de la sábana, estaba, impoluto ese pantalón que use en la última victoria de Independiente. Al carajo me dije, y me lo puse. Al rato, el martirio. Y San Lorenzo que parecía impenetrable, y los nuestros que parecían tener encadenados los pies, ancladas sus piernas con inmensas rocas. Y San Lorenzo que lúcido nos mostraba que si querían nos hacían ocho, y los nuestros que parecían tan nublados y obturados que ni la tabla del dos podían repetir. Y ningún ataque nuestro y cada contra rival, un retorcijón en la panza, un puntazo en el pecho. Y encima los otros rivales, esos que tenían que dejarse perder porque se olvidan que somos hijos de Grondona, ganaban y la puta que lo re mil parió.
En un momento, mientras trataba de razonar que Fredes se había lesionado por los nervios y no por cagón, fui a la biblioteca, que no es una habitación aparte, sino unos estantes prolijamente colocados en una de las paredes del living. Hice un paneo rápido y pude adivinar dos libros míos entre los que mi mujer tiene de historia. Me sonreí al leer que una tenía el prólogo de Fontanarrosa. Me alivié, no se porqué, al notar que el otro, era de Galeano. Naturalmente, ambos eran de fútbol. Nada malo hay ahí me dije y volví a mi reducto con las obras entre las dos manos, que a esa altura, estaban bastantes transpiradas.
Todo seguía igual y empeorando, al rato, fin del primer tiempo. Volví a salir, los nenes jugaban con temperas y mi esposa me lanzó una mirada tenue, apaciguadora, comprendiendo que mi cara le expresaba todo lo que ella quería saber. Al pasar a su lado me tomó de la mano, yo la miré y le dije que se quedara tranquila, que me encontraba bien. Tomé un vaso de agua y volví.
Contar lo que pasó en esos inolvidables (mal que pese, nunca serán olvidables) cuarenta y cinco minutos restantes me atrevería a decir que es, para los hinchas de Independiente, historia conocida. Ni siquiera esa absurda bandera que algunos enarbolaron luego de ver como se retiraba el público bajo un manto de hidalguía y orgullo, sirvió para palear semejante angustia. Un poco sí, la de esos hinchas, que a minutos del final cantaban sin parar y que un relator de radio lo dejaba sonar como banda sonora de la transmisión para homenajear a su hermano, que sin dudas, desde el cielo estaría llorando. Había terminado el partido, se confirmaban todas las sospechas, se echaban por tierra todas las otras. Nada era cierto y todo se había convertido de pronto en algo más real que la propia aparición del fantasma que los hinchas de Racing habían inventado para jodernos desde el inicio del campeonato.
Yo tardé unos minutos en salir de mi habitación, para ese entonces la orden de reclusión ya había caducado y tanto mis hijos como mi mujer circulaban por la casa como si nada. Mi concentración empezó a discernir los gritos de júbilo que en la casa los pequeños esbozan y de a poco se fue olvidando de todo lo anterior. Yo seguía medio abstraído de la otra mitad de mi realidad, medio que no sabía si llorar, si valía la pena, si era mejor hacer que no pasó nada o sí por el contrario, encontrarme enfadado, irascible o totalmente sacado era válido a pesar del lugar y las circunstancias.
Miré los libros que había dejado apoyado en la punta de cama, me di cuenta que ahí, en esa pequeña zona había permanecido durante todo el partido, que nunca me había acostado y que el dolor de espalda se debía seguro a esa postura encorvada, incómoda que adopté por casi dos horas. Y también recordé que no me fijé si se contaba algún relato del rojo en esos papeles. Dude unos instantes, o retomaba el prólogo que abandoné por la mitad o los guardarlos y a otra cosa mariposa. Todavía había cuentos que hablaban de Independiente, estaba seguro, sin embargo, el ánimo no era el indicado. A fuerzas de no se qué, me obligué a buscar otro relato. Encontré uno, Independiente y su gloria internacional otra vez, Independiente y su juego de paladar negro de nuevo, Independiente y la conexión directa, inherente y profunda con un padre, un hermano o algún familiar. Independiente y el orgullo nacional. Pero el cuento no era de Independiente, sí era de fútbol, pero me di cuenta que mis ojos leían una cosa pero mi cabeza otra. Que en mi mente surcaban, aparecían todas esas historias que antes leí y que nunca vi. Una lágrima mojó una hoja. Cerré el libro y los guardé junto con los otros.
Entonces, el redescubrimiento. Independiente. Un club que marca tanto al hincha que este se ve necesitado de poner en palabras ese sentimiento. Un club que ha puesto en corazones de un escritor hincha o no del rojo una especia de “deber” moral y ético que lo acorrala, lo intima,  lo lleva a contar lo que esa institución le dio al fútbol argentino y sin querer, mencionar cómo ayudó a forjar la identidad del fútbol nacional. Entonces lejos de mortificarme con el deber ser y lo que una vez fue, me alegré de que haya tanta historia, tanto potrero, tanto fútbol en los libros y que gran parte de ese legado era, sea, por Independiente.
Fui a la habitación de mis hijos para ver que estaban haciendo. Tenían las manos llenas de colores pero ya no pintaban. Estaban sacando ropa del armario y tirándola sobre la cama. Entre ese montón de telas pude observar una remera roja. La separé del resto. Tenía el escudo gastado, los vestigios de una marca que publicitaba fotocopiadoras, el cuello casi grisáceo y lo poco que quedaba del número, pegado a plancha seguramente. En mi memoria recuerdos de aquella infancia, cuando jugaba en la calle y mi viejo me la regaló para completar el equipo porque ya tenía los pantalones. Me quedé mirándola un rato más hasta que de pronto lo escuché, sin querer había encontrado ese motor, ese empuje tan necesario para seguir adelante; mientras me tiraba la mano para abajo y me pedía que lo mirara, mi hijo me decía: “Papá, fúbol”.

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2 Responses to “Independiente es literatura”

  1. Polanesa octubre 15, 2013 at 3:42 pm #

    Sin necesidad de comprometerte, paso a avisar que apareciste por acá…

    http://invisiblemente.blogspot.com.ar/2013/10/los-once.html#award

    Fijate.

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  2. MAtias octubre 17, 2013 at 5:03 pm #

    Muchas gracias! Ya me pongo a responder, creo que llego antes de las 11. Las respuestas van publicadas en mi blog? Hoy tengo un par de patos yendo a la marcha peronista y ando en reversa…

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