Escape

20 Abr

El día estaba siendo demasiado complicado, la prueba del psiquiatra para ver como andaba sin pastillas parecía estar equivocada. Eran las cuatro de la tarde y ya se había puteado con cinco tipos en la calle. Cada vez que se peleaba se acordaba de las palabras del doctor; “tienes que controlar tu ira interna, respira y cuenta hasta diez”. ¡Anda a la puta que te parió, vos, la respiración, las matemáticas, el buda y la reconcha de tu madre vos y tus pastillas del orto!, soltó luego que el chofer del  112 le escupiera el parabrisas y lo mandara a visitar la pija más cercana que encontrara. Recién ahí respiró por primera vez en el día. Sabía que tenía dos alternativas, o se bajaba del auto y se caminaba las cuarenta cuadras que faltaban hasta su casa o hacía caso a las palabras de tu médico y seguía viaje lo más tranquilo posible.

Un par de bocinazos lo volvieron a su realidad, estaba en el medio de la avenida, con luz verde y estaba atrasando todo el tráfico. Arrancó y vio que el colectivo seguía delante de él, esta vez a casi una cuadra. Volvió a respirar y puteó al doctor, de vuelta. Se dijo que no iba a putear más, al menos hasta que terminara el día. En lo que quedó del trayecto, un auto lo encerró y un motoquero lo mandó a chupar otra pija. Le molestaba más que le vociferaran insultos que comúnmente eran dirigidos a mujeres que lo putearan.  ¡Tengo cara de puto o que mierda, la puta que lo parió! Trigésimo insulto en el día y segundo gritando solo en el auto y promesa rápidamente incumplida.

Guardó el auto. Los vecinos que comparten el garaje con el estaban bajando las valijas del auto, murmuró algo inentendible y apenas los miró la mujer le volvió a recriminar porque había abierto el portón automático desde lejos y no una vez que haya llegado al portón. La ignoró. No respiró. Cuando abrió la puerta del auto la tenía enfrente gritándole que lo tiene podrido y que algún día le va a pegar al auto de ella si la agarra saliendo del lugar. Le dijo que le abrió desde la vereda. Nada más. Mintió. No respiró. Los gritos seguían cayendo, amenazándolo ahora de que algo le podía pasar a su auto si no hace caso. Cuando levantó la vista el marido venía ladrando desde auto; “pelotudo, que te crees que te tengo miedo, te voy a romper la cabeza”. Bajó un pie del auto, el lenguaje corporal estaba cambiando. Seguía sin respirar y cada vez escuchaba su corazón latir más fuerte. Empezó a pensar en un descargo. Les repitió que el portón lo abrió desde la vereda. Nada más. El hombre lo volvió a insultar y los dos le insinuaron que era un hijo de puta y le reiteraron que algo le podía pasar a su auto. Estaba inmóvil, mientras masticaba todo lo que escuchaba. La mujer separaba al marido de una supuesta pelea. El hombre se fue y la que siguió gritándole era ella. Miró el reloj, iban diez minutos de alaridos y amenazas.

Respiró. Bajó su otro pie del auto y le pegó un cabezazo a la mujer, que con 60 años encima, poco pudo hacer para recomponerse. Cuando se cayó, le pateó la pierna que intentaba frenarlo. Su marido venía corriendo, apenas levantó el brazo, le pegó una piña en el estómago, y seguido a eso una serie de golpes en la cara. La mujer, gritaba que estaba operado del corazón, que parara. Mientras el marido se revolcaba en el piso, volvió hacia la mujer y le pegó otra patada. Se subió al auto, lo arrancó, abrió el portón, se bajó y levantó de los pelos al hombre. Lo miró fijo, el tipo no se podía mover. “Tengo 70 años, sos un hij” La piña fue directa a la nariz. El tipo se cayó y él ni lo miró. Cerró el portón y se fue a su casa.

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