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El potrero de cemento

1 Oct

No crecimos en un barrio de calles de tierra. Eran de cemento. No de asfalto, ese asfalto pedorro que usan hoy. Cemento, concreto, pavimento. Que con el sol del verano parece una losa radiante de lo que quema y donde usábamos las uniones de brea para limpiarnos las suelas cuando pisábamos mierda o bosta de caballo. Duro duro el concreto. Pero cómo picaba la pelota y cómo raspaban las rodillas. Todavía hoy me quedan secuelas de tantas cascaritas arrancadas a la fuerza, porque me divertía la crosta que se formaba y yo la sacaba aún con algún pedazo de piel que todavía no había cicatrizado.
Y así aprendimos a jugar, en la calle. Un placer mayúsculo. Eran tardes que sumaban demasiadas aventuras para nuestras mentes ávidas de emociones y dispuestas al gozo eterno. La calle tiene sus bemoles, así como los pozos en la tierra o el polvo de la misma interfieren, a veces a favor, otras en contra en el desarrollo de un partido de fútbol; en el cemento, los cordones, los autos y los postes de luz hacen lo propio.
Había ciertos artilugios, al cordón de la vereda uno podía usarlo de compañero para que sirva una pared y así eludir un rival sin más que simple toque; el poste era más bien un aditamento defensivo. Esas varas rústicas y altas merecen una mención detallada: si el defensor de turno tenía la suficiente habilidad podía dirigir a su rival hacia donde la esfinge de madera se erigía, esta podía ayudar a la tarea defensiva tanto estorbando la carrera del atacante, o bien, como defensor extra puesto que no solo ocupaba un importante reducto, sino que su terminación, astillosa por donde se lo mire, resultaba por demás amenazante ante un posible choque. Me detengo un rato más en el poste de luz, si la cancha tenía, como la nuestra, tres en fila, un incipiente y peligroso contraataque rival, servía para darle la pauta a la horda atacante que sí el juego era llevado justo por ese sector, sería mejor rematar pronto o atenerse a las consecuencias – un combo patada más pared de madera, podían ser muy dañinos-. Ha sucedido en varias oportunidades que algunos de nosotros, en nuestra rusticidad defensiva, empujemos lícitamente, siempre lícitamente,  al contrario haciéndolo colisionar de manera no muy agradable contra el poste, cuando no era pared lo que tenían a su lado. Pero eran las menos ha decir verdad.
Después estaban los autos, otro elemento favorable para quién sabía utilizarlo con mesura. Para los defensores su utilidad radicaba en que su infame y antipática aparición en las proximidades del rectángulo de juego hacían detener el match y por consiguiente permitir al equipo que llevaba la desventaja, tanto numérica como posicional, acomodarse y esperar la reanudación con otro equilibrio y más gente. El auto es un tema muy particular, que requirió un tratamiento especial en varias reuniones, debido a que sucedía, frecuentemente, que este bólido de cuatro ruedas –¡sin mencionar a los malignos y desagradables camiones y colectivos, que contaban con entre seis y dieciocho ruedas!- estalle, reviente, pinche, destroce o simplemente pise nuestro esférico para así obligarnos a abandonar el partido hasta tanto no se juntara la plata necesaria para la compra de otro balón, acción que según la hora podía posponer el partido hasta el otro día o  en ocasiones hasta ¡la semana siguiente! Toda una injusticia. La aparición del auto y su constante accionar, perjudicando nuestro inocente juego, dirimió, luego de una serie de episodios desafortunados, como aquella cuando el conductor de auto se bajó a insultarnos porque uno de nosotros lo mando a la concha de su madre luego de que destrozara la pelota, en la compra de dos balones y en la decisión que la casa más cercana a la cancha sería la que albergue la bola suplente.
Como decía antes, no solo los defensores usaban la detención esporádica del juego para su beneficio. Hubo delanteros quienes ante lo sucedido se acomodaban el balón para su pierna más hábil si este no estaba bien puesto, otros que relojeaban al arquero y a las piedras que hacían de poste para ver donde patear. Los hubo quienes llamaban por lo bajo a algún compañero para elucubrar alguna pared o distracción. Generalmente, ahí, cuando el riesgo lo suponía un delantero, era cuando el arquero o todo el equipo rival clamaba por justicia, por un poco de decencia y entonces las negociaciones subían de tono. En definitiva, un quilombo, pero de los lindos.
La calle es un mundo en sí, y una escuela también. Muchos de nosotros hemos aprendido a jugar y mejorar nuestras habilidades luego de practicar en la vía pública. Claro que hay que tener algo adentro, la calle no es una maestra siruela que se te va a poner día a día a enseñarte algo que no tenes. La calle te acompaña, de potencia, te hace de sostén. Te curte y te lastima, pero te deja huellas eternas que forjan el hombre que todos queremos ser. Lo cierto es que jugar a la pelota en la calle suponía la acción el día más importante para nuestra temprana infancia. Diría más, hasta también ha sido escuela en otras artes, como la de andar en bicicleta o jugar a la escondida. Claro, que esas actividades estaban reservadas para cuando se aparecían las chicas del barrio y uno cambiaba la cara de pendejo futbolero por la de un joven apuesto y desesperado, o para cuando éramos pocos y jugar a la mortadela ya era aburrido.
Otro requisito, casi impuesto tácitamente era la conformación de los equipos. Sí o sí, debía ser bajo pisada o el mal llamado pan y queso. ¡Donde se vio que para jugar a la pelota uno tenga que sortear un sanguche! En fin. Se pisaba y si no se hacía era porque la totalidad de los jugadores presenten coincidían en que los dos mejores jueguen separados y sean ellos quienes elijan a sus laderos. Lo loco era como se determinaba quienes eran los mejores, porque siempre uno sobresale, pero el segundo. Al contrario de lo que dictan los eruditos del profesionalismo, al segundo, en la calle, sí se lo recuerda. Y en mi barrio eran varios los que pugnábamos por esa condecoración. A veces se turnaba el privilegio, un día era uno, otro día otro. Lo cierto era que para mantener ese puesto, el elegido, no sólo tenía que jugar muuuy bien, sino también, ganar. De esta manera podría utilizar la opción “revancha” al siguiente encuentro ante una eventual amenaza de perder su lugar.
En mi barrio teníamos todo eso, y más. Nuestra cancha era única. No como la de los vecinos, esa que estaba a tres cuadras de la nuestra que estaba llena de casas, millones de canastos de basura, autos estacionados en la vereda. Carajo, que mierda era jugar ahí. Al menos ganabamos bastante seguido, entonces la calentura duraba lo que un pedo de mosca. En cambio nuestra cancha. ¡Eso era un estadio! Dos fábricas, una en cada vereda. Ambas ocupaban la cuadra entera. Cuatro portones, uno con una especie de zaguán enorme que nos salvada ante fuertes tormentas. Apenas tres árboles y ocho postes de luz, cuatro de ellos ubicados en cada esquina y apenas una casa, encima de uno de nosotros. Con lo cual, nuestra cancha era la mejor, la más grande y la más envidiada de toda la zona. Así usufructuamos ese espacio por el término de catorce años. Después, nos hicimos adultos y solamente después de eso, fue cuando un camión municipal vino una tarde y clavó como cinco postes más.

Memorias de una foto

31 May

Recuerdo que fue una tarde de visita a la casa de mis viejos la que me reencontró con ese antiguo cajón de fotos. Me gustaba sentarme solo, de vez en cuando, a mirar esas imágenes, entre otras, pasadas y añoradas postales de mi infancia y mi familia. Yo no era aún tan mayor como para pensar mis albores ya tan lejos, aunque siempre estuvo presente en mi memoria. Y entre ese manojo de fotos sueltas apareció una de ese grupo de amigos. Eran risas y brazos al hombro y complicidad y libertad juntadas en una tarde otoñal subidos a un viejo jeep verde, con el decorado de fondo de la -nuestra- calle vacía, mojada y gris. Recuerdo que ese auto, que casi pasaba a ser chatarra más por su pasado que por su estado, supo adornar la esquina del barrio por un buen tiempo.
Los días fríos han calado mi ser de manera muy profunda, a tal punto que me he vuelto imbatible a la hora de comparar (y defender) aquellos otoños e inviernos con los que nos tocan hoy, porque supongo, esas estaciones deben extrañar aquellas épocas en las que el abrigo era una prenda necesaria e indispensable durante casi un semestre y no un atuendo, que hoy, se usa apenas algunas jornadas y sobre todo para coronar el maquillaje. (más…)

No tené una moneda

26 Sep

El andar tantos años en la calle algo me enseñó. O quizá, la sociedad en su locura diaria y decadencia permanente me impregnó como manejar una situación cotidiana del conductor argentino, sobre todo porteño o bonaerense; el limpiavidrios. Lo cierto es que me encontraba detenido en una esquina, porque la luz roja así lo ordenaba y un muchachito pequeño, flaco, de aspecto sucio y pelo empastado, se acercó raudamente hacia mi auto. Yo tenía la ventana a medio cerrar, pero en lugar de darle un cierre definitivo, opté por lo contrario, porque un recibimiento (a priori negativo), sería mejor aceptado por este purrete en lugar de menearle el dedito de manera despectiva y negativa a través del vidrio aislante.
Me marcó el vidrio con la mirada y lo apuntó con su limpiador, le hice una mueca con la cabeza negativa.
—Amigo, ¿tiene una moneda?
—No che. Nada. Le di unas monedas a un nene unos semáforos atrás y me quedé pelado.
—Nimporta migo, ta todo bien. Te lo limpio de onda.
—¡No no! Deja. En cualquier momento se larga— y me di cuenta de que uno siempre mezcla en su mejor momento de lucidez alguna frase pelotuda que echa por la borda la obra de arte empezada. No estaba nublado ni mucho menos iría a llover. Si a mi falaz pronóstico algo le faltaba para liquidarme como un mentiroso de poca monta, un cartel sobre el boulevard de la avenida recordaba que hoy era el día de la primavera. Y el sol no tenía intenciones de invitar a su prima la lluvia ni a nadie. (más…)

¿Dónde está? ¿Dónde estamos?

23 Ago

¡¡¡Una delicia del gran Ernesto Arriaga!!! No sólo nos espanta de los desastres automovilísticos diarios, sino también, utiliza la pluma -en este caso el teclado- para que conozcamos un poco más cada rincón de nuestro país.
Con gusto, presentamos este nuevo cuento invitado, ¡gracias Ernesto y a seguir con el reporte!

La obra vial nace con  el dicho de que todos los caminos llegan a Roma… ¿Por qué? Porque el Imperio Romano conquistó toda Eurasia a través de los caminos con sus carros. Nuestro hermoso país se construyó a través del ferrocarril y de sus rutas. ¿Dime tu dónde estás Manuelita? Y Manuelita está en la Ruta Nacional N° 5, en Pehuajó. ¿Dónde está la ruta del Gran Libertador? Desde Plumerillo cruzó a Chile por la Ruta Nacional N° 7. ¿Dónde está la reserva más grande de agua dulce potable? En la Ruta Nacional N° 40, en Santa Cruz. ¿Dónde está la Ruta del Vino? En la Ruta Nacional N° 40 en San Juan, Mendoza y Salta. ¿Dónde está la caída del segundo chorro más alto del mundo? En las Cataratas del Iguazú, en La Ruta Nacional N° 12, Misiones.¿Dónde está el único túnel subfluvial? En la Ruta Nacional N° 168, en Entre Ríos. ¿Dónde está la laguna La Picasa que devoró a una ruta nacional pero que fue reconstruida? En la Ruta Nacional N° 7, en Santa Fe. ¿Dónde está el paso internacional de mayor altura a 4916 metros de altura? En la Ruta Nacional N° 52, provincia de Jujuy. ¿Dónde está el pico más alto de América? (más…)

Zona Sur Barrio Cercado

13 Abr

Aquellos que vivimos en la zona sur del conurbano bonaerense, tenemos la satifacción de decir que sin pagar más que el ABL vivimos en un gran barrio cerrado. Hoy que se habla tanto de inseguridad, me parece un buen ejercicio analizar como moverse en zona sur (en mi caso, la base es Lanús), hacia Capital.
Hace unos días discutíamos de política con unos amigos -acto que se debe, pienso, a que uno ya está más grande y comienza a interesarse por otras cosas, o bien, porque es un debate (?) que se instaló durante la administración Kirchner-, y todos coincidimos que hay mucha más inseguridad que hace 10 años. Un amigo me dice; “vos no te acordás que por Pompeya a las 10 de la noche cruzabas lo más bien”. Y otro me dijo; “acordate cuándo ibamos a bailar, viajabamos en colectivo sin ningún problema”.
La instalación de la discución política, futbolera, o de lo que sea, es muy buena -siempre y cuando sea y sean, tratados con respeto asuntos y personas- y en este caso la política, ocupa un mayor espacio. Politica o no, la inseguridad que ronda por estos pagos es alarmante. Después de escuchar esas declaraciones de mis amigos, más alguna otra de gente mas grande y demás, me bastó una recorrida laboral de primera hora semanal para darme cuenta de que realmente está todo complicado. (más…)

Crónica de un día en la calle

11 Mar

13:50 hs. Parto rumbo a Parque Patricios desde Lanús. Hace mucho calor, el típico que hace en marzo, a pesar de todavía estar en verano, uno cree que el calor termina con la temporada veraniega, pero no. El verano siempre se guarda tres o cuatro días con temperaturas muy altas para recordanos que todavía esto sigue. Como les decía salí con mi auto a trabajar. Mi primera parada es Parque Patricios, a unas diez cuadras de la cancha de Huracán. Ni bien me adentro en la avenida Velez Sarsfield, un cantidad increíble de autos, camiones, micros, fletes, motos, taxis, semi autos, semi camiones y semi fletes yacen parados sin mostrar indicio de movimiento alguno. Me toma quince minutos hacer 10 cuadras, y ante la atenta (o simulada) mirada de los policias que veía en las esquinas, opto por buscar alguna calle alternativa, tratando de evitar semejante embotellamiento. Para mi suerte, al doblar en Finochetto, me encuentro con que las tres primeras calles paralelas a la avenida Velez Sarsfield, son mano al sur, por que mi posibilidad de encontrar alguna vía de auxilio se ve coartada. No obstante el camino me lleva tras doblar en una plaza y tomar otra avenida, al barrio de Constitución. En lugar de acercarme, claramente, me estaba yendo a la mismisima mierda. Ya esa altura el ánimo distaba de ser el mejor, ya empezaba a putear al aire y encima el tránsito no cesaba, toda arteria que tomara estaba colapsada. Luego de muchas vueltas y de cruzarme a un colectivo de la línea 138, que a sabiendas de que todo era un quilombo, decide conducir por el medio de la calle, haciendo todo aún más lento, cruzo la avenida Jujuy, y estaciono a 3 cuadras de mi primera parada. Es ahí donde me doy cuenta el porqué del caos. Primero, habían cortado el puente de Pompeya, vaya uno a saber porqué, y segundo, en la cancha del globo, justo este día, la presidenta de la Nación celebraba un acto partidario. Ete aquí, que para la muchedumbre seguidora, cualquier calle y/o avenida, pasa a ser propiedad de ellos, entonces sus colectivos ocupan 3 carriles de la avenida Jujuy, muchas calles aledañas y cualquier esquina/asfalto para saltar, gritar, juntarse y marchar hacia el estadio. La policía, lejos de advertir, notificar, avisar, o simplemente informar, mira como todos nos volvemos locos, tratando de cumplir con nuestras obligaciones. En fin, esta primera travesía duró exactamente 55 minutos. En un día normal, el tiempo estimado es de un cuarto de hora. (más…)

Yo ( … ) Buenos Aires

22 Ene

Esto que leerán a continuación es un comentario acerca de la nota Buenos Aires expulsa. Lo escribió una lectora anónima o no (Internet brinda esta ambivalencia) que creo, sigue hace rato -y me enorgullece y a la vez agradezco- la página. Polanesa (invisiblemente.blogspot.com) es la autora de este comentario, pero es tan bueno que no merece ser eso, sino más. Por eso es que lo publico como otra nota. Lo que sigue, sirve, ayuda y vale la pena; porque amplia el debate, argumenta el mismo y da más tela para cortar. Espero que lo disfruten, como lo he hecho yo.
Saludos.

Yo amo Buenos Aires. Y la detesto a la vez. Pero es que se trata de una gran contradicción en sí misma.
Lo lindo de Baires, como decís, es su arquitectura (especialmente todos esos lugares antiguos que se van perdiendo… no tanto por el paso del tiempo, sino por la falta de interés en mantenerlos), la variedad cultural, la historia. Lo peor de Baires es la gente. La gente que no cuida la ciudad. La gente que no se preocupa por la otra gente. La gente de mierda, bah.
Al mismo tiempo, Buenos Aires tiene lo peor en materia de salud y educación. Y en la mayor parte del resto del país no es ninguna maravilla, pero acá el sistema es realmente pésimo, porque hay tanta, tanta gente, que no caben en los hospitales, no caben en las escuelas. O, quizás, habría que decir que hay tan pocos, pero tan pocos hospitales, tan pocas escuelas, que no son suficientes para tanta densidad de gente. Sin embargo, esta vez, la que nos salva es la gente. La calidad de los profesionales de la salud y, aunque en los maestros de escuela no se ve tan seguido (la realidad es que cualquiera es maestro, aún sin vocación), sí se ve muchísimo en las universidades y centros culturales (especialmente los gratuitos, los que enseñan por 2 pesos y no se quejan).
Y a pesar de todo esto, aunque tengamos buenas universidades y excelentes graduados, el sistema educativo es cualquier cosa. Es absurdo, es estúpido, es arcaico. Desde un principio te educan para el trabajo, para la competencia y la historia oficial. Pero no para la vida en sociedad, ni siquiera para la vida individual, ni la vida en este planeta vencido. (más…)

Cancha en la calle

10 Ago

No cualquiera te juega en la calle. Hay que saber, y es donde más se nota la localía o la visita. Jugar en la calle es un desafío, casi un arte. El local conoce los pozos, los piques en el asfalto, los rebotes en el cordón y como sale devuelta la pelota cuando se hace “la pared” con la verdadera pared. Esa de concreto. Todo un tema. Los tamaños importan, hay canchas que tienen hasta 70 metros de largo y el ancho puede ser la totalidad de las dos veredas (además del ancho de la calle, que según el barrio, puede variar). Son lindas canchas, hay algunas que la verdad, son un espanto. En algunos lares las pseudo-canchas están sobre las veredas nada más, y están llenas de canastos de basuras, árboles y hasta autos estacionados. Esas son casi injugables, aunque, dependiendo del rival, representan un gran desafío.

Nuestra cancha era la mejor de la zona, la teníamos en una cuadra donde había dos fabricas enfrentadas y sólo un casa en el medio de una. Que para variar, era de uno de los chicos, entonces, no había problema. La podíamos hacer del ancho y largo que quisieramos, aunque la medida era casi siempre la misma; ocho cuadrados de asfalto y todo el ancho de las veredas. Y claro, las reglas. Porque cada cancha tiene sus propias reglas. No es lo mismo jugar sólo en la vereda que en la calle, porqué ahí un auto, sí influye en el desarrollo del partido. Tampoco es lo mismo siete canastos contra ninguno. ¿Si pega en el canasto y es gol, vale?… (más…)

Vivir en esta masa

2 Ago

En las últimas semanas, en diferentes charlas, surgió un tema que a la larga, creo que tiene un denominador común. O mejor aún, una raíz madre.
Un conocido, dueño de un taller mecánico, sufrió en menos de dos meses la pérdida, primero de su padre y después de su mujer, afectada hacía años por un cáncer. Este hombre no tuvo tiempo de hacer su duelo ya que el trabajo (le da de comer a el y sus tres hijos) se lo impedía. A los dos días de “reinsertarse” su único empleado le comunica que renuncia porque estaba cansado. A pesar de los intentos de que se quede, al otro día, no apareció más.

Lo mismo pasó hace unos días en una farmacia de Cañuelas, la empleada (única también), avisó a la dueña que a partir de ese momento pasaba a trabajar sólo de mañana y que dentro de una semana dejaba de trabajar para irse a “un lugar mejor”. La farmaceútica, que atiende su trabajo, su casa y sus dos hijos, le pidió que le diera al menos quince días para tratar de encontrar a alguien. Como era de esperar, no se los dió. (más…)

El llevador de alegrías

8 Jul

Si me preguntan de que trabajo respondo: “De llevador, señor”. ¿Llevador?, sí, aunque no me lo reconozcan, es mejor que cartero. Cartero… ¡¡¡cartero!!!. Cartero es el macho de la cartera, y la cartera no lleva alegrías. Mucho menos ilusiones y tampoco llantos. Llevador señoras y señores. Y me niego a llevar tristezas. Aunque no lo puedo evitar. Es así la vida y hay que tomarla como tal. Por eso llevo, llevo alegrías, ilusiones, sueños, esperanzas, y todo lo que una mano escribe. No cuento la tristeza y la amargura, mucho menos el dolor o la pena. Aquellas se meten sin que me de cuenta en mi bolso y no pesan, por eso no me doy cuenta., y se guardan el peso para el que la recibe. Por eso duelen tanto. Si, aunque sea, en mi bicicleta podría sacarmelas, por lo menos, alivianarlas. Pero no. Llevo, nunca traigo.
La culpa la tiene la bicicleta. Desde chico veía esas dos ruedas inglesas, con esa finura que tiene su cuadro y volante y me imaginaba lo que sería pedalearla por los empedrados de mi calle. Sabía que el asiento era mullido porque una vez mi padre me sentó y me dió dos vueltas por el patio. La bici era grande para el patio, con dos vueltas ponía en peligro las macetas de mamá. Así conocí la bicicleta, y cuando me hice grande busqué aquel trabajo que me podría dar ese placer. Llevador, señoras y señores. No cartero.