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La penumbra de la vida

6 Mar

Mirá la luna. Ahora mirá abajo, no tanto.
Ahí nomás, apenas inclinada a la derecha hay una estrella,
ves que brilla fuerte,

bueno, ahí está

 

I

Como todas las semanas, llevó la ropa recién planchada al lavadero de la planta alta. Desde hacía exactamente tres meses, esa era una de sus tareas en la repartija que le tocó cuando se decidió darle una mano importante a su madre. En esa tarea, daba cada paso despacio, imprimiendo en su memoria cada segundo de esa rutina que sabía, sería fugaz. Miraba, olía y estudiaba detalle por detalle cada rincón de la casa y de ese recorrido. Ese día hubo dos cosas que le llamaron la atención, primero que la pila de ropa cada vez era más chica y segundo que un pequeño destello de luz titilaba desde el fondo de la habitación. Tal vez, modificar el recorrido hacia el lavadero haya activado en ella ciertas señales receptivas a encontrar espacios nuevos. Subir la escalera y pasar primero por el pequeño patio interno que separa ambos dormitorios para luego volver al pasillo, fue, indudablemente, algo distinto.
Apoyó la ropa en la mesa y corrió la cortina de la ventana para que entrara el sol, odiaba la oscuridad, y más si era de día. La terraza con sus enormes macetas y el final en forma de ele del lavadero a un costado era un paisaje que tenía olvidado. Pensó si acaso la ultima vez que estuvo en ese lugar no fue aquel verano, hace ya 20 años, en el que una batalla de bombitas de agua tuvo lugar en toda la casa y ella optó por elegir ese punto clave de la casa para lanzar sus proyectiles. En ese instante dio cuenta que ese destello de luz, visto minutos antes, se había esfumado, luego de dudar un poco, volvió a cerrar las cortinas. Retornó entonces aquella pequeña luz, que aparecía al final de la habitación, allá lejos, en la prolongación del lavadero, esa parte de la casa que nunca se visitaba. Sintió curiosidad y sin darle mucho espacio a la duda, caminó por el pasillo para ver que era.

II

Un antiguo candelabro cubierto con mucha cera, predominaba sobre la pequeña mesa circular de roble, que recordó, era la mesa en la cual guardaban los licores y bebidas en días festivos. A su lado, un confortable sillón victoriano, le daba más volumen al cuarto, que entre muebles de carpintería, retazos de telas y ovillos de hilos de colores, era la mezcla perfecta entre un  taller de artesano y otro de diseñador de ropa. Ese rincón, que otrora servía de depósito de cosas inútiles, ahora era un espacio de creación que ella estaba descubriendo. La curiosidad se volvió asombro cuando pudo ver, apoyado sobre el sillón una pila de cuadernos de tapa dura. Eran varios y de dos colores; uno azul; el otro, rojo. Tenían etiquetas escolares en el costado superior derecho con el nombre de ella y su hermano. Cuando se dispuso a abrir el suyo, escuchó la puerta y vio, apoyada sobre el marco a su madre con dos tazas de te en la mano. Con un dejo de cadencia en la voz le ordenó que se sentara. Deja el libro, sentenció. No alcanzó a primerear la hoja que tenía apartada con los dedos, dejó el cuaderno torpemente y se sentó en un banquito de madera que había por ahí.
Es de tilo, el que te gusta a vos. Vamos a charlar un rato, finalizó la madre. (más…)

8 Instrucciones para una contaminación informativa sana

10 Oct

Que se murió este, que secuestraron a aquel. Mataron a uno, robaron a algunos. Piquete, violaciones, choques, caos, cortes, corridas, salideras, entraderas, extorsiones y más y más mierda. Todo eso se puede ver -y leer- en los noticiosos argentinos. Uno se despierta y si es un poco masoquista puede desayunarse con esa parva de noticias, que lo único que hacen es mostrarte que tu existencia en este mundo es totalmente al pedo y de pedo. Entonces que mejor que un par de consejos, de apostillas, para tragar mejor la medialuna o la galleta con la que desayunas cada mañana y no bañarse tanto de caca o al menos, elegir con que caca nos queremos bañar. Dado que nada bueno puede salir de tanta mierda, la pregunta es, ¿para qué necesitamos saber esas porquerías? ¿Qué cambio le hacen a mi vida? Probablemente para alimentar nuestra cuota de morbo diaria, necesaria para no detener esa máquina interna de alertas, miedos y paranoia que poseemos. Pero, mejor, vamos al grano:

1.Los primeros momentos de la gran noticia son de total redundancia, todos los noticieros se matan por dar alguna primicia, cosa difícil porque todos están tan al pedo, que se chocan entre sí e informan lo mismo y mal. Y en caso de que tengan, o mejor dicho, inventen una novedad es de una desprolijidad tan alarmante que da ternura en lugar de pena. (Ejemplo: Secuestro. Canal informa: URGENTE – Así fue el secuestro. Muestran DOS imágenes de dos autos circulando por la calle. La repiten, le meten garabatos y te cuentan todo lo que no paso en el video y que sí ellos son capaces de informarte). (más…)

El potrero de cemento

1 Oct

No crecimos en un barrio de calles de tierra. Eran de cemento. No de asfalto, ese asfalto pedorro que usan hoy. Cemento, concreto, pavimento. Que con el sol del verano parece una losa radiante de lo que quema y donde usábamos las uniones de brea para limpiarnos las suelas cuando pisábamos mierda o bosta de caballo. Duro duro el concreto. Pero cómo picaba la pelota y cómo raspaban las rodillas. Todavía hoy me quedan secuelas de tantas cascaritas arrancadas a la fuerza, porque me divertía la crosta que se formaba y yo la sacaba aún con algún pedazo de piel que todavía no había cicatrizado.
Y así aprendimos a jugar, en la calle. Un placer mayúsculo. Eran tardes que sumaban demasiadas aventuras para nuestras mentes ávidas de emociones y dispuestas al gozo eterno. La calle tiene sus bemoles, así como los pozos en la tierra o el polvo de la misma interfieren, a veces a favor, otras en contra en el desarrollo de un partido de fútbol; en el cemento, los cordones, los autos y los postes de luz hacen lo propio.
Había ciertos artilugios, al cordón de la vereda uno podía usarlo de compañero para que sirva una pared y así eludir un rival sin más que simple toque; el poste era más bien un aditamento defensivo. Esas varas rústicas y altas merecen una mención detallada: si el defensor de turno tenía la suficiente habilidad podía dirigir a su rival hacia donde la esfinge de madera se erigía, esta podía ayudar a la tarea defensiva tanto estorbando la carrera del atacante, o bien, como defensor extra puesto que no solo ocupaba un importante reducto, sino que su terminación, astillosa por donde se lo mire, resultaba por demás amenazante ante un posible choque. Me detengo un rato más en el poste de luz, si la cancha tenía, como la nuestra, tres en fila, un incipiente y peligroso contraataque rival, servía para darle la pauta a la horda atacante que sí el juego era llevado justo por ese sector, sería mejor rematar pronto o atenerse a las consecuencias – un combo patada más pared de madera, podían ser muy dañinos-. Ha sucedido en varias oportunidades que algunos de nosotros, en nuestra rusticidad defensiva, empujemos lícitamente, siempre lícitamente,  al contrario haciéndolo colisionar de manera no muy agradable contra el poste, cuando no era pared lo que tenían a su lado. Pero eran las menos ha decir verdad.
Después estaban los autos, otro elemento favorable para quién sabía utilizarlo con mesura. Para los defensores su utilidad radicaba en que su infame y antipática aparición en las proximidades del rectángulo de juego hacían detener el match y por consiguiente permitir al equipo que llevaba la desventaja, tanto numérica como posicional, acomodarse y esperar la reanudación con otro equilibrio y más gente. El auto es un tema muy particular, que requirió un tratamiento especial en varias reuniones, debido a que sucedía, frecuentemente, que este bólido de cuatro ruedas –¡sin mencionar a los malignos y desagradables camiones y colectivos, que contaban con entre seis y dieciocho ruedas!- estalle, reviente, pinche, destroce o simplemente pise nuestro esférico para así obligarnos a abandonar el partido hasta tanto no se juntara la plata necesaria para la compra de otro balón, acción que según la hora podía posponer el partido hasta el otro día o  en ocasiones hasta ¡la semana siguiente! Toda una injusticia. La aparición del auto y su constante accionar, perjudicando nuestro inocente juego, dirimió, luego de una serie de episodios desafortunados, como aquella cuando el conductor de auto se bajó a insultarnos porque uno de nosotros lo mando a la concha de su madre luego de que destrozara la pelota, en la compra de dos balones y en la decisión que la casa más cercana a la cancha sería la que albergue la bola suplente.
Como decía antes, no solo los defensores usaban la detención esporádica del juego para su beneficio. Hubo delanteros quienes ante lo sucedido se acomodaban el balón para su pierna más hábil si este no estaba bien puesto, otros que relojeaban al arquero y a las piedras que hacían de poste para ver donde patear. Los hubo quienes llamaban por lo bajo a algún compañero para elucubrar alguna pared o distracción. Generalmente, ahí, cuando el riesgo lo suponía un delantero, era cuando el arquero o todo el equipo rival clamaba por justicia, por un poco de decencia y entonces las negociaciones subían de tono. En definitiva, un quilombo, pero de los lindos.
La calle es un mundo en sí, y una escuela también. Muchos de nosotros hemos aprendido a jugar y mejorar nuestras habilidades luego de practicar en la vía pública. Claro que hay que tener algo adentro, la calle no es una maestra siruela que se te va a poner día a día a enseñarte algo que no tenes. La calle te acompaña, de potencia, te hace de sostén. Te curte y te lastima, pero te deja huellas eternas que forjan el hombre que todos queremos ser. Lo cierto es que jugar a la pelota en la calle suponía la acción el día más importante para nuestra temprana infancia. Diría más, hasta también ha sido escuela en otras artes, como la de andar en bicicleta o jugar a la escondida. Claro, que esas actividades estaban reservadas para cuando se aparecían las chicas del barrio y uno cambiaba la cara de pendejo futbolero por la de un joven apuesto y desesperado, o para cuando éramos pocos y jugar a la mortadela ya era aburrido.
Otro requisito, casi impuesto tácitamente era la conformación de los equipos. Sí o sí, debía ser bajo pisada o el mal llamado pan y queso. ¡Donde se vio que para jugar a la pelota uno tenga que sortear un sanguche! En fin. Se pisaba y si no se hacía era porque la totalidad de los jugadores presenten coincidían en que los dos mejores jueguen separados y sean ellos quienes elijan a sus laderos. Lo loco era como se determinaba quienes eran los mejores, porque siempre uno sobresale, pero el segundo. Al contrario de lo que dictan los eruditos del profesionalismo, al segundo, en la calle, sí se lo recuerda. Y en mi barrio eran varios los que pugnábamos por esa condecoración. A veces se turnaba el privilegio, un día era uno, otro día otro. Lo cierto era que para mantener ese puesto, el elegido, no sólo tenía que jugar muuuy bien, sino también, ganar. De esta manera podría utilizar la opción “revancha” al siguiente encuentro ante una eventual amenaza de perder su lugar.
En mi barrio teníamos todo eso, y más. Nuestra cancha era única. No como la de los vecinos, esa que estaba a tres cuadras de la nuestra que estaba llena de casas, millones de canastos de basura, autos estacionados en la vereda. Carajo, que mierda era jugar ahí. Al menos ganabamos bastante seguido, entonces la calentura duraba lo que un pedo de mosca. En cambio nuestra cancha. ¡Eso era un estadio! Dos fábricas, una en cada vereda. Ambas ocupaban la cuadra entera. Cuatro portones, uno con una especie de zaguán enorme que nos salvada ante fuertes tormentas. Apenas tres árboles y ocho postes de luz, cuatro de ellos ubicados en cada esquina y apenas una casa, encima de uno de nosotros. Con lo cual, nuestra cancha era la mejor, la más grande y la más envidiada de toda la zona. Así usufructuamos ese espacio por el término de catorce años. Después, nos hicimos adultos y solamente después de eso, fue cuando un camión municipal vino una tarde y clavó como cinco postes más.

La hinchada

17 Jun

rojoHay varios enfoques para explicar el porqué del descenso de Independiente. El más pertinente es el futbolístico, porque es el que puede llevarse a debate, a analizar en profundidad y a buscarle el origen a esta debacle. Sin embargo, prefiero hacerlo desde el lado pasional. Desde el costado emocional, porque ahí tengo una verdad y solo una. La mía. No porque sea autoritario o demagogo, sino porque es pasión. Y la pasión, es como el ser humano, las hay parecidas, nunca iguales. Por eso prefiero escribir desde las emociones que se generaron en mí, mientras iba viendo como descendía Independiente.
Cuando la resignación es tan abrumadora que te saca del foco futbolístico para meterte en la piel de la camiseta y sentir que es no poder, ya no importa el resultado, ni el porqué, tampoco si no tuviste suerte, si las milochocientas cábalas no te funcionaron, si el árbitro no ayudo y si los rivales “ahora juegan bien”. Sólo importa la manera. Y no me refiero a la manera en que el equipo pierda o enfrente su lado más oscuro. Hablo de la forma en que el hincha recibe ese mazazo, como se para frente a ese momento y de que manera lo enfrenta. Cuando las miles de almas que el sábado estuvieron en la cancha, entendieron que el final era inevitable –a pesar de que muchos ya lo tenían asumido mucho tiempo antes- y entendieron que lo que había que hacer era gritar cuán fuerte y potente pueda la garganta y juntar todo el aire posible que los pulmones pudieran aguantar para sostener ese grito en el tiempo, lo que hicieron fue elevar la categoría de un club (de fútbol) que hacía años la había perdido. Perdido entre otras cosas, porque en los últimos 24 torneos, ganó, peleó en dos y en los restantes terminó de mitad de tabla para abajo. Ese aliento, logró que se estremezcan y regocijen de emoción y orgullo esos hombres (esas ánimas), que décadas atrás hicieron de un grande un gigante. Que desde una tele, una radio o un monitor miles de personas empaticen (y no solamente simpaticen) con lo que es ser de Independiente. Ese aliento, esas ganas de no querer irse del estadio para vitorear esos colores, para enaltecer esa camiseta puso en la órbita de lo extraordinario lo que la pasión y el amor por algo ilógico pueden lograr.
La hinchada de Independiente, que nada tiene que ver con la nefasta y mercenaria barra brava, le recordó al fútbol argentino que hay cosas con las cuales no se puede luchar. Y hablo de esa pasión. La misma que seguramente tiene cualquier hincha genuino de cualquier club de fútbol del país, pero que pocos logran demostrarla desde el lugar que les corresponde y debe. Porque ningún hincha legítimo de Independiente puede vanagloriarse o alzar su voz repicando que el sábado no rompió nada ni generó disturbios. El hincha, el que vive fútbol, conoce que esa actitud lo iguala con la barra brava, con el pelutodo, el forro y el hijo de puta que solo va a la cancha para cagarle la vida al otro. No alienta. Lástima. Por eso, los que alentaron son los que entienden que esto es un juego. Que por más que duela, por más que no quieras que tu hijo llore de dolor, por más que quieras darle un beso padre al que tenes al lado y decirle que no moquee más, todo, todo, sucede por algo.

Lo que le pasó a Independiente sirvió para mostrarle a los que hoy los dirigen, los que mañana vendrán, estos que tuvieron los huevos de ponerse la camiseta, esos que ni un gramo de dignidad poseen y abandonaron a sus compañeros en pleno naufragio y aquellos que van a llegar, sepan, comprendan y entiendan, que Independiente no es ese club grande, que ganó siete libertadores y catorce títulos. No es un club que sale con la etiqueta de orgullo nacional. Tampoco el tiene una hinchada amargada o un equipo que, a pesar de nunca usar una casaca rosa, lo llaman así. Independiente no es esas tres últimas temporadas donde no pudo sacar ni siquiera en alguna de ellas 50 míseros puntos, ni esa dirigencia que pagó y paga para que periodistas lacayos salgan a defender lo indefendible. Menos es esta dirigencia que desde la ineptitud futbolística apresuró un poco más este final. No son estos jugadores que por más que “hayan puesto todo”, durante 38 fechas no pudieron contra rivales de categorías similares y hasta inferiores. Tampoco los que se fueron y mandan mensajitos por Twitter para simpatizar con el hincha.
Independiente es otra cosa. Es el viejo club modelo, ese que tenía dirigentes que pedían disculpas con lágrimas en los ojos si no podían pagar una mensualidad. Es ese equipo que se hizo hombre en plena adversidad y que desde su fundación priorizaba la ética y dignidad deportiva por sobre un resultado. Una institución que eligió una manera, un como, para lograr un fin y no solamente alcanzar objetivos porque sí. Independiente es esa estirpe que se transfiere invisiblemente entre padre a hijo, abuelo a nieto, amigo a amigo, hincha a hincha y que cuando tiene que decir de que cuadro es, pronuncia con fuerza y aplomo, con hidalguía y orgullo cada sílaba; IN-DE-PEN-DIEN-TE. Eso era Independiente y algo todavía es. Por eso, cuando pasa lo que pasó, solo queda quitar el sarro existente y volver a fundarse sobre la misma gloria en que se supo vivir.

Los títulos, las copas, los clásicos ganados son cotillón. Aderezan una historia que los precede. Independiente existe a pesar una conquista. Las conquistas por sí solas, no son nada. Potencian, sí, la estirpe ganadora. No la engendran. Las formas, las ideas, la mística, el honor y la dignidad, son el puente hacia el premio final. Pero no confundir; para llegar a la cima, se necesita de cimientos fuertes que te sostengan.

Aldana atrás

30 Abr

Como la cosa a mi mamá le daba miedo, por ese tema de los robos y afanos, de que te matan por dos pesos y que había mucha inseguridad, las reglas me fueron establecidas taxativamente: nada de salir a jugar a la calle; se puede salir siempre y cuando estén todos tus amigos y sea después de la hora de siesta, porque la gente duerme, ¿entendes? Si mamá respondía con cara de puchero, y pensaba en voz baja porque me rompía las bolas con la siesta si ella nunca se acuesta. Además me había advertido que a la primera queja o principio de riña con vecinos o amigos: me iba para adentro. Claro que mi mamá no era tan dictatorial o al menos, conocía que para nuestras limitaciones existía un escape. Y ese escape, era el jardín del fondo de mi casa. A pesar de haber renegado los primeros instantes de jugar a la pelota en un patio de 40 baldosas por 40 baldosas -así lo recordaba mi hermano siempre que mi madre se quejaba por alguna alegría rota o el potus en el piso-, al tiempo le encontramos la vuelta y todo se solucionó cuando en mi cumpleaños el regalo fue un arco de plástico tamaño futbol 5.
Así fue que las tardes se pasaban en ese fondo, frecuentemente acompañado de algún amigo (siempre dije que las máximas impuestas a nosotros también lo fueron para mis compañeros. Nada mejor para una madre tenue que una madre con ideas claras en el marote), con muchos partidos y sus posteriores meriendas, memorables, por cierto. Sin embargo hubo un momento en donde nuestras tardes comenzaron a complicarse. El fondo de mi casa daba al lateral de la casa de atrás que tenía un parque enorme y pegado a la medianera un galpón de chapa. En esa casa vivía un matrimonio con sus dos hijos, los cuales nunca supimos si eran grandes, chicos, mujeres o varones. Una tarde de sábado, Tiago y yo, contra mi hermano y Juani estábamos jugando el bueno luego de un partido con una victoria por lado. El match era a 10 goles, estábamos igualados en 8 y en un momento Tiago le pegó muy fuerte a la pelota, tanto que ésta rebotó en una maceta, pegó contra el foco de luz -sin lamparita, por supuesto, rota antes- y cayó en la casa vecina. El que las hizo las paga, es la regla, y entonces Tiago tuvo que ir a buscar el balón. Desde las dos de la tarde hasta las seis, no solo suma cuatro horas de juego, sino que también resta mucha paciencia en aquellos individuos proclives a la furia. Fue así que la conjunción de ciertos factores hizo del papá de la susodicha casa un Panzer desquiciado sin control, un ser virulento y por demás dañino. Desde nuestra posición escuchamos el timbre, el portazo, los gritos y lo peor; el estallido. (más…)

Memorias de una foto

31 May

Recuerdo que fue una tarde de visita a la casa de mis viejos la que me reencontró con ese antiguo cajón de fotos. Me gustaba sentarme solo, de vez en cuando, a mirar esas imágenes, entre otras, pasadas y añoradas postales de mi infancia y mi familia. Yo no era aún tan mayor como para pensar mis albores ya tan lejos, aunque siempre estuvo presente en mi memoria. Y entre ese manojo de fotos sueltas apareció una de ese grupo de amigos. Eran risas y brazos al hombro y complicidad y libertad juntadas en una tarde otoñal subidos a un viejo jeep verde, con el decorado de fondo de la -nuestra- calle vacía, mojada y gris. Recuerdo que ese auto, que casi pasaba a ser chatarra más por su pasado que por su estado, supo adornar la esquina del barrio por un buen tiempo.
Los días fríos han calado mi ser de manera muy profunda, a tal punto que me he vuelto imbatible a la hora de comparar (y defender) aquellos otoños e inviernos con los que nos tocan hoy, porque supongo, esas estaciones deben extrañar aquellas épocas en las que el abrigo era una prenda necesaria e indispensable durante casi un semestre y no un atuendo, que hoy, se usa apenas algunas jornadas y sobre todo para coronar el maquillaje. (más…)

Después de 1950

10 Feb

La muerte de Luis Alberto Spinetta no sólo deja un vacío en el mundo del rock nacional y latinoamericano, sino que también invita a pensar que referentes quedan y tenemos a nivel cultural, político y deportivo en el país. Su ausencia no hace más que resaltar y (nuevamente) advertir, como cada vez se acentúa y descansa en aquellos que supieron ser precursores, líderes y ejemplos a seguir, ante la falta de nuevas figuras, que al menos, copiando o guiándose en esos seres representativos, le den al público una  opción más, rejuvenecedora si se quiere, para alimentar su apetito cultural.
Spinetta, Mercedes Sosa y Gustavo Cerati –aunque este no ha fallecido y se implora por su recuperación- son algunos de las tantas estrellas que han contribuido al desarrollo y fomento de la música nacional y que no obstante, han hecho de su popularidad un medio para un fin. Quizá en los últimos años el masivo acceso a información haya dado a conocer aún más la vida y obra de artitas que han dejado un fuerte legado. Hoy, a quien le importe, encontrar entrevistas, audios, videos o información más detallada de algún virtuoso músico esta al pedir de su dedo índice. Conocer y aprender con sus obras es de un acceso que a priori, sería casi obligatorio para cualquiera que tenga un interés, por mínimo que sea, de aprender.
A simple vista, parecería ser que la tropa que queda, comandados por León Gieco y Charly Garcia, tendrán que reafirmarse y mantenerse más que nunca vigentes, para que junto a un selecto grupo de idóneos laderos como Ricardo Mollo, Gustavo Santaolla, Indio Solari, Pedro Aznar, Andrés Calamaro, entre otros, sigan mostrando su obra y contagien (enseñen) a las generaciones más pequeñas, tratando de buscar el mismo cenit que buscó el rock nacional en sus inicios. Se trata, quizá, de librar una batalla –siempre en términos figurativos- para que la música sea un instrumento leal y de gran valor cultural de un país y sostenga esa búsqueda ante las irrupciones de ciertos grupos que, a puro bocinazos,  sólo buscan su satisfacción económica y su efímero acceso a la fama.
También la politica y el deporte siguen el mismo camino. Con sus pros y sus contras Nestor Kirchner seguramente sea el referente más significativo de la política argentina de los últimos 20 años. En un ámbito donde los fósiles parecen ser perennes a cualquier cataclismo o a la sociedad misma, la aparición del difunto ex presidente ha incorporado nuevamente el debate político en el país, con todo lo que eso significa. (más…)

Solo para amarte

24 Nov

Enloquecido estoy por amarte una vez más, cantaba Rata Blanca allá por los finales de los años 80, y hoy, muchos años después se me viene a la mente esa canción cuando pienso en escribirte. Una vez más, dice, y creo que tiene razón la canción, porque puedo decir que tu llegada se divide en dos momentos; uno que es aquel en donde la noticia es fresca, la concepción está en sus primeros amaneceres y las emociones tiene ese sabor mezcla alegría, sorpresa y ansiedad. Y la otra, que es aquella en donde ya estás con nosotros, ya te tenemos en brazos y lo que era nervios ahora son temblores, sacudones y todo en ebullición de tanta emoción contenida.
Ambas tienen algo en común, el amor está siempre presente y así como uno no entiende como puede amar algo que no ve y que es muy pequeño, tampoco comprende que no alcanza los besos y abrazos para demostrar que desde hace nueve meses sos lo más importante que tengo en la vida. Gracias a Dios y a tu madre, tengo la dicha de que ese amor tan incondicional e inexplicable, lo disfruto en duplicado. Entonces son lo más esencial que necesito en mi vida. Hoy, tu hermano esta preparando el terreno para tu llegada porque con cada mueca nueva, gesto aprendido o descubierto y especie de vocablo enunciado, genera en nosotros enormes expectativas y ganas de ver que vas a hacer vos y ¡como vas a ser!
Quizá porque esta es la segunda vez y uno se cree que aprendió todo o porque tal vez espera con sensaciones poco frecuentadas en la vida cotidiana, esto de esperar nueve meses se hace laaargo y a su vez raro; porque no está esa adrenalina que genera esa que se va a vivir por primera vez, y entonces todas esas energías depositadas en algo nunca antes conocido, ahora se bifurcan en varios caminos que van desde la ansiedad y la nueva alegría hasta dejar en segundo plano ese momento para preparar la previa como se debe. (más…)

Un penal partido en tres

9 Nov

Seba Sanchez no tiene facebook pero sí sabe escribir y de paso tiene un programa de radio para comunicar sus pasiones. Gonzalo Ruiz es periodista, de Mendoza y también escribe. A ellos los invité a realizar un cuento, que en principio me había olvidado en algún lugar y que luego se me ocurriese invitarlos para que me ayuden a terminarlo. El cuento, como no podía ser de otra manera, era de fútbol. La excusa perfecta para unir a tres personas separadas por muchos kilometros aunque encolumnados detras de la misma causa. Entonces surgió este relato, que empieza en Buenos Aires, pega un tirón hasta Uruguay y mete un salto hasta Mendoza. Espero que lo disfruten, tanto o más como lo disfruté yo. Y yapó a Seba y Gonza.

─ ¡Callate, Foca! No ves que ya cobró─ increpó Aníbal.
El Foca era de por sí calentón y se puso peor porque íbamos uno a uno y faltaban cinco para que terminara el partido. Aníbal lo agarró y se lo sacó de encima al árbitro, pero el Foca estaba como loco.
─ ¡¡¡Pero si nos quiere cagar!!! ¿Qué me sacá? No ve que es un marmota─ el Foca seguía.
─ ¡Pará boludo! Ya tá. Callate que te van a echar ─ saltó Leche desde el arco.
Leche estaba confiado, por eso quería que le patearan el penal. Se había morfado el gol del empate y quería revancha, por eso no se movía del arco. Se quedaba quieto ahí para que se apuraran y se pateara el penal.
─ ¡Dale, dale, pajero! Vení. Ya tá─ Al final entre Aníbal y Esteban lo frenaron al Foca.
El árbitro era impresentable, se vendía solo, un viejo fracasado que no sólo fue un jugador frustrado sino también que lo fue en las ligas amateurs, por eso se deschaba su impune elección de juez, estaba inmutable esperando una última reacción del desquiciado jugador para echarlo, porque el Foca era calentón pero no boludo, le gritaba y cuestionaba pero no insultaba.
─ ¡Te hiciste el canchero, más vale que la atajés porque te meto el guante el orto y te hago un enema con los Reusch!─ amenazó Juan al Leche antes de que se disponga a hacer sus movimientos para amedentrar al ejecutante.
Quizá el resto del equipo se calentaba o bien trataba de calmar los ánimos, pero para Juan este partido era especial. Juan era callado, de pocas palabras aunque a veces muy sabias. El año pasado se perdió un gol debajo del arco contra el mismo equipo y eso le valió (le vale) ser el objeto de todas las cargadas cuando se juntan para comer algo cada fin de mes con el resto del grupo. Por eso, Leche notó que en esa amenaza no sólo estaba su intención de romperle el culo sino también la de vengar tantas cargadas no merecidas e infames, si tenemos en cuenta que ninguno del grupo es digno del hall de la fama sino más bien, apreciados integrantes del club de los rústicos. (más…)

Campo Winter o el olvido mismo

10 May

La escuela nº 206 “Celmira G. de Cabral”, está ubicada en Campo Winter, localidad de General San Martin, Provincia de Chaco, a un poco más de 1000 km de la Capital Federal. Campo Winter no es un centro de ski ni nada que se le parezca a un centro turístico, aunque su denominación, así lo sugiriese. Es una comunidad educativa que está enclavada en el medio de la nada y entre la nada misma, el olvido se hace presente.
Desde hace unos años, dos matrimonios de Lanús, Provincia de Buenos Aires, se decidieron por apadrinar la escuela. Con mucho esfuerzo y sacrificio tratan de enviar dos o tres veces por año (más no pueden, ya que es muy difícil conseguir plena colaboración) paquetes con alimentos, ropa, juguetes, libros y todo lo que pueda ser útil o pedido desde ese remoto lugar. Los “detalles” que encontraron estos matrimonios, a la hora de juntar cosas, fue que mucha gente colaboraba con el fin, pero pocos lo hacían a conciencia. Para ser más claros; hay gente que entrega un bolsón con ropa vieja y cuando uno abre y descubre lo hay adentro, se encuentra con ropa llena de agujeros, rota directamente, sucia (desde manchas de comida hasta grasa), enorme, no pensada que son para nenes o nenas, o simplemente inservible. Lo mismo pasa con los libros, juguetes y otros materiales. Se salva la comida, porque como se tiene que comprar, son los mismos padrinos quienes eligen lo mejor posible. (más…)